Revista Qué

1 Feb 2016 | A 66 kilómetros de la costa

Doce horas en el mar

¿Te imaginás pasar 12 horas nadando en el mar, en total oscuridad, ante la amenaza de los depredadores y la hipotermia? Eso le ocurrió a John Aldridge, que tan solo tenía un par de botas de goma y una navaja para salvar su vida.

En retrospectiva, John Aldridge sabía que era una jugada estúpida. Cuando uno está solo en la cubierta de un barco pesquero de langostas en plena noche a 66 kilómetros de la costa de Long Island, Nueva York, no se debe tentar al destino. Sin embargo, necesitaba comenzar a bombear agua en los tanques de almacenamiento del Anna Mary para que se enfriaran, así cuando él y su amigo Anthony Sosinski alcanzaran la primera serie de trampas, que estaba a unos kilómetros de distancia, el agua estuviera lo suficientemente fría como para mantener a las langostas vivas durante el viaje de vuelta.

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Para acceder a los tanques, tenía que abrir una escotilla desde la cubierta, que estaba obstruida por dos conservadoras Coleman que se habían llenado en el puerto de Montauk, siete horas antes. Las conservadoras pesaban unos 90 kilos y la única forma que tenía Aldridge de moverlas por sí mismo era enlazarlas desde la manija con un gancho de estibador y tirar con fuerza. Y entonces la manija se rompió.

De pronto, Aldridge salió despedido hacia atrás, dando vueltas hacia la parte trasera del barco, que era totalmente abierta: una rampa resbaladiza que desembocaba en el océano oscuro. El agua lo golpeó como una bofetada. Se hundió, tragó agua y luego salió a la superficie, escupiendo. Gritó lo más fuerte que pudo, con la esperanza de despertar a Sosinski. Pero el motor diésel era demasiado ruidoso y el Anna Mary, en piloto automático, ya se encontraba fuera de su alcance. Estaba solo en la oscuridad.

Aldridge tenía 45 años y hacía casi dos décadas que era pescador. Cuando uno es pescador y cae al océano, lo primero que se supone que debe hacer es quitarse las botas: son peso muerto. Pero mientras Aldridge avanzaba por el agua, se dio cuenta de que, en verdad, las botas elevaban sus pies y lo hacían inclinarse hacia atrás. Sus monstruosas botas verdes podían salvarle la vida.

Aldridge se estiró hacia abajo y se sacó la bota izquierda. Con esfuerzo, la dio vuelta, la elevó hasta que estuvo fuera del alcance de las olas y luego la sumergió de golpe en el agua, para procurar atrapar aire en su interior. Luego la acomodó invertida debajo de la axila izquierda. Después hizo lo mismo con la bota derecha. ¡Funcionó! Eran como pontones y ahora al flotar con los pies solamente se mantenía estable.

Las botas le dieron a Aldridge la posibilidad de pensar. Estaba en una situación muy delicada. Eran cerca de las 3:30 de la mañana del 24 de julio de 2013. El agua del Atlántico Norte estaba fría, a 22 ºC. Faltaban todavía dos horas para que amaneciera. Aldridge se puso una meta: mantenerse a flote hasta que saliera el sol. Una vez que amaneciera, alguien comenzaría a buscarlo. Por ahora, sin embargo, no había mucho que hacer más que estar atento a los depredadores.

Eran poco más de las 6 de la mañana cuando Anthony Sosinski se despertó. El oficial que él y Aldridge habían contratado para este viaje, Mike Migliaccio, lo había hecho primero y, al notar que Aldridge no estaba, despertó a Sosinski a gritos. Sosinski trató de entender lo que había sucedido: antes de irse a dormir a las 9 de la noche, le dijo a Aldridge que lo despertara a las 11:30. Ahora ya era de día y habían dejado las trampas más de 24 kilómetros atrás.

El Anna Mary es una embarcación de 14 metros sin muchos lugares donde buscar a una persona desaparecida. De todos modos, los hombres buscaron por todas partes hasta que Sosinski corrió a la radio VHF. Sintonizó el canal 16, el canal de emergencias y a las 6:22 de la mañana pidió ayuda: “Guardia Costera, este es el Anna Mary. Ha caído un hombre al agua”.

El sol salió sobre John Aldridge alrededor de las 5:30 de la mañana del 24 de julio. Ahora que había luz, se impuso una nueva tarea: encontrar una boya. De esa manera, estaría más visible para los rescatistas y le sería más fácil mantenerse a flote. Durante un par de horas, Aldridge se desplazó y buscó. Finalmente, vio una boya amarrada por una soga que se extendía hacia arriba desde una serie de trampas para langostas en el fondo del océano. Y comenzó a nadar. Era un trabajo arduo, pero finalmente logró ubicarse directamente hacia la boya. Tomó la soga y se aferró a ella. Para el mediodía habían transcurrido casi nueve horas desde la caída de Aldridge al agua. Estaba comenzando a temblar de modo incontrolable. Camarones y piojos de mar se adherían a su ropa, reclamando a Aldridge como parte del mar.

Podía ver una aeronave en el cielo siguiendo patrones de búsqueda. Incluso si hubieran deducido más o menos el lugar de la caída, no tendrían en cuenta la posibilidad de que él había dejado de nadar a la deriva y se había aferrado a una boya. Tenía que ir más al este. Sacó la navaja del bolsillo y cortó la soga que mantenía a la boya en su lugar. Se la sujetó a la muñeca y comenzó a nadar.

Se obligó a seguir pataleando hasta alcanzar otra boya. Reconoció que pertenecía a su amigo Pete Spong, que era el propietario de un barco pesquero de langostas llamado Brooke C. Desató la soga de su muñeca y la ató a la soga para ancla debajo de la nueva boya. Ahora tenía dos boyas conectadas por unos pocos metros de soga. Se sentó a caballo sobre la soga, se reubicó las botas debajo de los brazos y esperó. Sabía que no podría sobrevivir otro nado. Si para el atardecer todavía estaba en el agua, se ataría a la boya del Brooke C. De esa manera, sus padres tendrían un cuerpo que sepultar.

Arriba en el helicóptero, los rescatistas habían estado observando el agua desde cerca de las 7 de la mañana. Estaban comenzando a desanimarse. La verdad de trabajar como piloto de búsqueda y rescate para la Guardia Costera es que no se realizan muchos rescates: casi siempre que una persona cae al agua en el Atlántico Norte, se ahoga.

La tripulación del helicóptero terminó su patrón de búsqueda, el tercero del día, y solicitó uno nuevo. Desde el centro de mando, uno de ellos, Davis, les indicó por radio coordenadas y a las 2:46 de la tarde el helicóptero comenzó a moverse nuevamente.

Veinte minutos más tarde, el rescatista Jamros gritó: “¡Mark! ¡Mark! ¡Mark!”, que es el protocolo cuando se ha divisado un objeto. Ahí estaba Aldridge, entre dos boyas, aferrado a sus botas y moviendo los brazos frenéticamente.

La experiencia terminó en una agridulce anécdota. La persona que parece menos afectada por la experiencia es Aldridge. No tuvo pesadillas, ni recuerdos recurrentes, ni miedo a volver al mar. Los pilotos de la Guardia Costera y los hombres de New Haven muestran orgullo al referirse a su trabajo de aquel día. Y cuando Aldridge habla al respecto suena de la misma manera. “Siempre sentí que me estaba preparando para esa situación. Es decir, agradezco a Dios que me hayan salvado, sí. Pero siento que yo también hice mi parte”.

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