Revista Qué

12 Mar 2015 | Única sobreviviente...

Bahia Bakari, la niña milagro

El 30 de junio de 2009 a las cuatro de la mañana, un avión de “Yemen Airlines” se estrelló en el Océano Indico, cuando estaba a punto de aterrizar, con 153 personas a bordo. El mismo viajaba desde Yemen a las islas Comoras. 

bahia 5 Bahia 2 bahia 3Ese día murieron 152 personas y sólo hubo una superviviente: Bahia Bakari, una adolescente francesa que en ese entonces tenía 13 años, que segundos antes de que el avión se despedazara al estrellarse contra el agua, buscaba las luces de la costa.

“Hubo una turbulencia y miré a mi madre, luego sentí una descarga eléctrica por todo el cuerpo y perdí el sentido. Después me vi ya dentro del agua”, dijo Bakari.

La historia de Bahia ha dado la vuelta ya que pasó alrededor de 10 horas en medio del mar, en completa obscuridad y sin chaleco salvavidas.

Durante ese tiempo se aferró a los restos del avión, se desmayó y finalmente logró hacerle señas a un barco que pasaba, el cual la rescató.

“No noté nada especial en el vuelo. Estaba muy cansada, muy aburrida. Llevábamos más de 14 horas de viaje desde París, en tres aviones distintos. Tenía muchas ganas de llegar. Recuerdo que me levanté para ir al servicio, volví y me senté y las azafatas dijeron entonces que nos preparáramos, que íbamos a aterrizar ya”, explicó.

Y agregó “Ellas se sentaron en sus sitios y se ataron los cinturones. Las noté tranquilas. Yo me até el mío. Recuerdo perfectamente que me lo até. Miraba por la ventanilla, muy inclinada sobre el cristal, para descubrir las luces del puerto…”.

Entonces oye un ruido insoportable parecido al que hace una tela al rasgarse. Siente una suerte de aspiración gigante y una descarga eléctrica en su sistema nervioso que la deja inconsciente.

El avión acaba de estrellarse en el mar sin que aún se sepa exactamente por qué. Nadie ha dado aún con las causas de este accidente, todavía con un juicio pendiente.

“Oí gritos de varias mujeres que pedían socorro cerca de mí. Me fijé por si venían a rescatarlas y luego a mí. Pero no pude orientarme. Luego todo se quedó en silencio. Vi cuatro trozos del avión a mi lado. Elegí uno que tenía una ventanilla porque era el más grande”, afirmó.

Es entonces, mientras su hija flota de noche en medio del océano subida a un trozo del avión con ventanilla, cuando su padre, Kassim, recibe la primera de las llamadas angustiosas de esas horas.

En París son entonces las tres de la madrugada, dos horas menos que en las islas Comoras. Una amiga francesa le pide que ponga la televisión en ese momento. Él obedece.

Cambia de cadena, una detrás de otra, al no encontrar nada interesante: entonces repara en la leyenda roja de alerta que luce un canal de noticias, que informa en un teletipo escueto de que un vuelo de Yemenia Airlines con destino a Moroní ha desaparecido de la pantalla de los radares hace poco más de una hora.

Su papá, quien no había viajado con ella por falta de dinero, ya la daba por muerta.

Permanece imantado a la televisión hasta que amanece. Entonces decide llevar a sus tres hijos pequeños a casa de su hermana y encerrarse en su domicilio a la espera de noticias.

La sobreviviente recordó que la aeronave pasó por una zona de turbulencias, y luego fue expulsada del avión. Comparó el momento del accidente con una fortísima descarga eléctrica.

Con el amanecer, las islas Comoras se han movilizado para acudir al rescate de las víctimas del accidente. También Francia que, desde la cercana colonia de la isla de Mayotte, ha enviado aviones de reconocimiento.

Hay buques militares, viejos barcos de pescadores que salen en ayuda de las víctimas a pesar de que el mar se encrespa cada vez más, a cada minuto. Los patrones llevan anotadas las coordenadas servidas por los aviones que ya han rastreado la zona, y aseguran haber visto restos del Airbus.

Todos saben que no hay mucho tiempo: las corrientes marinas, lejos de avanzar hacia la costa de las islas Comoras, lo empujan todo en dirección contraria, hacia Tanzania, a una velocidad constante de 80 kilómetros en un día.

“De pronto oía aviones, luego me he enterado de que siempre era el mismo avión, que recorría la zona en busca de supervivientes. Pero yo no lo sabía. Creí que eran aviones diferentes, que simplemente pasaban por ahí”, contaba Bahia.

De pronto decenas de barcos buscan por el área acotada, algunos encuentran cadáveres, restos del avión que flotan a la deriva.

A bordo del pesquero Hishima, un marinero llamado Líbouna Selemaní descubre algo encima de una plancha de metal que navega a unos centenares de metros de su posición. Da la voz de alarma, grita al cuerpo que se balancea a lo lejos.

Le arrojan un salvavidas que se queda flotando cerca sin que la persona que permanece encima de la plancha se moleste en mirarlo. Da la impresión de que está muerta. “Oí que me gritaban ‘ven’ o ‘por aquí’, pero yo no podía hacer nada, no tenía fuerzas ni siquiera para levantar la mano. Me encontraba casi desmayada”.

El marinero se arroja al agua y logra salvarla. Una vez arriba del barco, le dan ropa seca, le curan un ojo lastimado y la tapan con frazadas, ya que tiritaba mucho. Pregunta por su madre, convencida aún de ser la única persona que se ha caído del avión y no la superviviente de un avión destrozado.

Sin precisar mucho, le contestan que la espera en el aeropuerto. Le dan algo de comer y algunos vasos de agua azucarada.

Después se duerme, exhausta, sin saber todavía lo que le ha ocurrido, después de haber flotado más de ocho horas a la deriva completamente sola y en silencio, aterrorizada por los tiburones de su imaginación y por la amenaza real de ahogarse.

Bahía llega a un hospital de Moroní. Los médicos la diagnostican heridas en un ojo, quemaduras en la mejilla, quemaduras en las piernas y una clavícula y una cadera rotas. A falta de hemorragias internas, nada grave.

Una vez allí una psicóloga se acerca a ella para contarle lo sucedido. Bahia le pregunta por qué no está ahí su madre, y la psicóloga le responde, brutalmente, que no hay más supervivientes, que ella es la única persona viva que ha salido de ese avión.

Explica que el golpe de enterarse de que su madre había muerto en el accidente fue mucho más grande y más doloroso que el que sintió al desintegrarse el avión, peor que la noche pavorosa que padeció a la deriva en medio del mar.

Ella esconde la cara porque todo esto le recuerda a su madre, cuyo cadáver nunca fue encontrado. Asegura que casi todos los días se acuerda del accidente, de la noche agarrada a la plancha con la ventanilla.

El avión no tenía permiso para volar en Francia, pues se le habían detectado varios fallos mecánicos en 2007 por expertos del país europeo. El vuelo inició en París en un Airbus A330 que llevó a los pasajeros a Sana, y ahí cambiaron de equipo por el A310 estrellado.

La adolescente ya de 19 años, cuenta su historia al periodista Omar Guedouz, en su libro publicado en 2010, titulado Bahia, la miraculé.

 

Compartir
Negocios

Papá Noel sale caro

El Gobierno porteño inauguró la quinta edición del Parque Navideño, que ya funciona en el barrio de Palermo y que le...


→ Leer más
?