Revista Qué

7 Abr 2015 | Historia de superación

El amor de una madre: “Querida Kate”

En noviembre de 2004 cuando Kate (23) se dirigía en auto a la Escuela Indian Creek, en Bloomington, Indiana (EE.UU.), donde enseñaba inglés, un hombre de 45 años, drogado con cocaína y otras sustancias, se estrelló de frente contra el Honda Civic de la joven.

katekate 3 kate 4 kate 5Cuando su madre apenas lo supe, creyó que me iba a morir de dolor. Pero no fue así…

Nacy cuenta lo trágico que fue su pérdida a través de una carta,  el día en que Kate hubiera cumplido años.

“Pensaba quemarla y poner las cenizas en la cerca de piedra que mi esposo, Steve, estaba construyendo en su memoria alrededor de nuestra cabaña en Maine, pero en el último instante hice una copia”.

“Desde entonces le he escrito una carta en su cumpleaños, contándole sobre los nacimientos y las defunciones, las bodas y las rupturas, las muestras de apoyo y las decepciones, pero también sobre cosas cotidianas como las travesuras de Lola, su perrita.

La tristeza y la ira siguieron a la muerte de Kate. “A veces siento que el pánico se apodera de mí y me abruma tanto extrañar a Kate que no sé cómo me las arreglaré”, le escribí a una amiga.

El día que se cumplió tres años sin Kate, Nancy y su esposo estában en la cocina, llorando.

“La añoranza me venía en oleadas, y cuando no estaba segura de si podría soportarla más, me repetía en silencio: te sientes terriblemente ahora, pero solo espera y ve cómo te sientes mañana. De alguna manera, las cosas siempre parecían mejorar un poco al día siguiente”.

“Cuando los padres en duelo nos reunimos, solemos contarnos las cosas raras que la gente nos dice. ‘Sé cómo te sientes. Mi abuelo murió el año pasado’ (eso es triste, sí, pero no es lo mismo que perder un hijo); ‘Siempre les digo a mis hijos que no conduzcan por esa ruta” (¿así que mi hija estaría viva si yo hubiera hecho lo mismo?)’. No culpo a quienes dicen cosas así sin querer. Porque decir cualquier cosa, aunque resulte hiriente, es mejor que callar”, afirma Nancy en una de sus cartas.

Nancy tenía también un hijo Daniel, quién no sólo había perdido a su hermana sino también a los padres que habían sido ante de la muerte de Kate.

“Tras la muerte de Kate, pensé que nuestros conocidos e incluso los extraños sabrían cómo me sentía y lo que necesitaba que hicieran y dijeran. Era casi como si hubiera escrito yo un guión, pero no se los mostrara y luego me frustrara que no supieran sus líneas”.

“Busqué a los amigos de Kate para tratar de llenar algo del terrible vacío. Su compañía me hacía sentir cerca de ella. Ellos nos escribían y visitaban; tres nos invitaron a sus bodas y otro llamó Kate a su bebé. Les escribía a menudo y les enviaba tarjetas de felicitación en sus cumpleaños. Si sabían de mí, razonaba, pensarían en mi hija”.

En 2008 Steve y Nancy organizamos una reunión en su casa para recordar a Kate y armaron un video con fotos de los viajes que sus amigos habían hecho en su memoria con el dinero que les dimos de su seguro de vida.

Dos de ellos estaban de viaje lejos de allí y otros tenían que trabajar hasta tarde, irse muy temprano o perderse la reunión.

“No fue lo que esperábamos. Ahora comprendo que mis expectativas no eran realistas. Los amigos de Kate ya rondaban los 30 años, se habían mudado a otras ciudades y tenían nuevos empleos; su vida adulta apenas comenzaba. Aunque extrañaban mucho a Kate, ya habían dejado atrás el duelo”.

“Comprendí por primera vez que, si iba a sobrevivir sin mi hija, tenía que encontrar dentro de mi ser la voluntad para hacerlo. Podía esperar que la gente la mantuviera dentro de su corazón, pero no que lo expresaran cuando yo lo quisiera oír”.

Nancy siempre le escribió notas a los amigos de Kate en sus cumpleaños,  los sigue en Facebook. Siempre me alegra saber de ellos, pero no me preocupo mucho si no me entero. Y hemos estrechado lazos con algunos poco a poco y con naturalidad.

“Durante mucho tiempo después de la partida de Kate, solo tuvimos un contacto ocasional con otros padres que habían perdido hijos. Un día recibimos un llamado telefónico de una pareja cuya hija se había ahogado. Empezamos a salir juntos a cenar y encontramos consuelo en nuestra desgracia común. Esos padres organizaron una cena para seis parejas. Asistir a ese encuentro cambió el curso de nuestro duelo”.

Poco más de dos años después, Daniel contrajo matrimonio con una mujer brillante y encantadora, y ahora es el orgulloso padre de dos varoncitos.

“Los niños nos han abierto un nuevo futuro a Steve y a mí. Les compramos juguetes, jugamos con ellos en el arenero y soñamos todo el día con llevarlos de excursión o construir para ellos una casita en un árbol en la cabaña de Maine”.

“Cuando releí mis cartas a Kate por primera vez, hace un año, me alegré de ya no estar en un lugar oscuro como al comienzo del duelo, pero también me dio nostalgia recordar lo ‘visceralmente cerca’ de mi hija que estaba yo en ese entonces”.

“El alivio, al parecer, tiene un precio. Sé que ahora soy una persona diferente y, en cierto modo, mejor de lo que era hace diez años. He aceptado que algunos problemas no se pueden resolver y que algunas relaciones no se pueden salvar”.

“En noviembre de 2014 se cumplieron diez años de la muerte de nuestra hija. Parece que pasó toda una vida, pero también que apenas fue ayer la última vez que la tuve entre mis brazos. Conmemoramos el día como acostumbramos hacerlo: dando un paseo por el bosque, viendo los videos de Kate en la tele, dejando flores en el árbol que sus amigos plantaron en la escuela donde enseñaba”.

“La tristeza y la añoranza están siempre con nosotros; tenemos días buenos y días malos, pero por primera vez desde la muerte de Kate, podemos mirar hacia el futuro sin desesperación. Hace nueve años escribí que la muerte de mi hija me hizo perder todo miedo a morir; eso sigue siendo cierto, pero ahora tengo menos prisa de que suceda”.

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