Revista Qué

7 Sep 2016 | El amor lo puede todo

La conmovedora historia de Pablo Liberini

Durante 23 largos años, Rosa Gizzardi fue la maestra de Pablo Liberini (40), un alumno con síndrome de down que concurre a la Escuela Especial N° 11 de Sierra Grande, en Río Negro. 

pablo pablo 2Pablo tiene total independencia y autonomía, pero necesita alguien que lo cuide y lo guíe, siempre fue así hasta que un 25 de enero de 2015 Pablo se quedó sólo en el mundo cuando falleció su padre Don Pío de 85 años (su madre Sara había fallecido antes, a los 77 años).

Desde el momento en que ambos padres de Pablo se enfermaron, Pablo insistía que prefería la compañía de su maestra del colegio, Rosita. Tal es así que sus padres hablaron con ella antes de morir, y Rosa aceptó encantada.

Un año y medio después Rositas se convirtió en su madre adoptiva, ya que, antes de que Don Pío falleciera concurrieron a una jueza del Juzgado de Familia y firmaron un testamento donde les dejaba la cautela de Pablo.

Él siempre fue un chico tierno, dulce y muy educado. Sus padres eran estrictos en ese aspecto. Al principio se apegó mucho a mí y después yo lo invité a participar de las actividades con mi familia, hasta que se transformó en uno más, en un hijo y un hermano para mis hijos“, explicó Guizzardi, que firmó el último trámite de la adopción hace un mes.

Ahora Rosa, su esposo y sus dos hijos viven en la casa de Pablo, que por consejos de los psicólogos provinciales, que trabajaron en el caso, la familia prefirió no moverlo de su espacio de origen, a pesar de que viven a tan sólo una cuadra.

Pablo ayuda a cocinar, pintar y hasta tiene un proyecto de hacer baldosas con tapitas, entre otras actividades para estar ocupados y para ser útiles a la sociedad.

Además, como no podía ser de otra manera, en el jardín de la casa puede verse lleno de flores, cuidado que Pablo supo aprender en los talleres de floricultura en los que su maestra/mamá le enseñó todos los secretos.

Pablo fue de gran ayuda para Rosita, que en 2012 fue diagnosticada con cáncer en la piel, y este duro trance le hizo replantearse el compromiso con sus amigos.

Pensé en qué va a pasar, porque si yo estaba enferma tampoco iba a poder cuidar a Pablo“, señala. Pero la enfermedad se transformó en un desafío: “Saber que tenía que cuidarlo me hizo seguir adelante, mis hijos ya podía manejarse solos, pero él no. Me sané en 2014“.

Ahora la relación de Pablo junto a sus nuevos hermanos es “perfecta y hermosa“, según la maestra.

Para Guizzardi, su hijo adoptivo se ha convertido en una “gran compañía“, ahora que ella se acaba de jubilar.

 

 

 

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