Revista Qué

24 Nov 2014 | Sobrevivir a las frías aguas

La historia de John Aldridge: 12 horas en el mar

Algunos dicen que la supervivencia es un instinto inherente a todos los seres vivos -así que ¿qué harías?, ¿cómo sabes qué hacer?.

john-aldridgeJohn Aldridge ha sido pescador comercial en Montauk, Nueva York, durante 20 años con su amigo de la infancia, Anthony Sosinski, quien posee y opera el “Anna Mary”, un barco de langosta de 45 pies, anclado en Montauk Harbor.

Cuando uno está solo en la cubierta de un barco pesquero de langostas en plena noche a 66 kilómetros de la costa de Long Island, Nueva York, no se debe tentar al destino. Sin embargo, necesitaba comenzar a bombear agua en los tanques de almacenamiento del Anna Mary para que se enfriaran, así que él y su amigo Anthony Sosinski alcanzaron la primera serie de trampas, que estaba a unos kilómetros de distancia,y  el agua estaba lo suficientemente fría como para mantener a las langostas vivas durante el viaje de vuelta.

Para acceder a los tanques, tenía que abrir una escotilla desde la cubierta, que estaba obstruida por dos conservadoras Coleman que se habían llenado en el puerto de Montauk, siete horas antes. Las conservadoras pesaban unos 90 kilos y la única forma que tenía Aldridge de moverlas por sí mismo era enlazarlas desde la manija con un gancho de estibador y tirar con fuerza. Y entonces la manija se rompió.

Era el 24 de julio de 2013, cuando John se cayó al agua en la media noche, a 40 millas de la costa, sin chaleco salvavidas. Salió despedido hacia atrás, dando vueltas hacia la parte trasera del barco, que era totalmente abierta: una rampa resbaladiza que desembocaba en el océano oscuro.

El agua lo golpeó como una bofetada. Se hundió, tragó agua y luego salió a la superficie, escupiendo. Gritó lo más fuerte que pudo, con la esperanza de despertar a Sosinski. Pero el motor diésel era demasiado ruidoso y el Anna Mary, en piloto automático, ya se encontraba fuera de su alcance. Estaba solo en la oscuridad.

Cuando uno es pescador y cae al océano, lo primero que se supone que debe hacer es quitarse las botas: son peso muerto. Pero mientras Aldridge avanzaba por el agua, se dio cuenta de que, en verdad, las botas elevaban sus pies y lo hacían inclinarse hacia atrás. Sus monstruosas botas verdes podían salvarle la vida.

Las botas le dieron a Aldridge la posibilidad de pensar. Estaba en una situación muy delicada. Eran cerca de las 3:30 de la mañana del 24 de julio de 2013. El agua del Atlántico Norte estaba fría, a 22 ºC. Faltaban todavía dos horas para que amaneciera. Aldridge se puso una meta: mantenerse a flote hasta que saliera el sol. Una vez que amaneciera, alguien comenzaría a buscarlo. Por ahora, sin embargo, no había mucho que hacer más que estar atento a los depredadores.

Eran poco más de las 6 de la mañana cuando Anthony Sosinski se despertó. El oficial que él y Aldridge habían contratado para este viaje, Mike Migliaccio, lo había hecho primero y, al notar que Aldridge no estaba, despertó a Sosinski a gritos. Sosinski trató de entender lo que había sucedido: antes de irse a dormir a las 9 de la noche, le dijo a Aldridge que lo despertara a las 11:30. Ahora ya era de día y habían dejado las trampas más de 24 kilómetros atrás.

Sosinski corrió a la radio VHF y a las 6:22 de la mañana pidió ayuda: “Guardia Costera, este es el Anna Mary. Ha caído un hombre al agua”.

Para las 6:28 de la mañana, el centro de mando había notificado al coordinador de misiones de búsquedas de New Haven y al coordinador de búsquedas de la jefatura del distrito en Boston, quien aprobó el uso de helicópteros y un avión de rescate. A las 6:30 a.m., Davis emitió una llamada de socorro universal por el canal 16, solicitando a los navegantes que estuvieran atentos.

La búsqueda de la Guardia Costera comenzó muy bien. El único problema era que todos estaban buscando en el lugar incorrecto. Aldridge no cayó al agua a las 10:30 de la noche, sino a las 3:30 de la mañana. A casi 50 kilómetros al sur de donde el equipo del helicóptero lo buscaba minuciosamente, Aldridge flotaba tomado de sus botas en el agua helada.

El sol salió sobre John Aldridge alrededor de las 5:30 de la mañana del 24 de julio, y  se impuso una nueva tarea: encontrar una boya. De esa manera, estaría más visible para los rescatistas y le sería más fácil mantenerse a flote. Durante un par de horas, Aldridge se desplazó y buscó.

Finalmente, vio una boya amarrada por una soga que se extendía hacia arriba desde una serie de trampas para langostas en el fondo del océano. Y comenzó a nadar. Era un trabajo arduo, pero finalmente logró ubicarse directamente hacia la boya. Tomó la soga y se aferró a ella.

Para el mediodía habían transcurrido casi nueve horas desde la caída de Aldridge al agua. Estaba comenzando a temblar de modo incontrolable. Camarones y piojos de mar se adherían a su ropa, reclamando a Aldridge como parte del mar.

Tenía que ir más al este. Sacó la navaja del bolsillo y cortó la soga que mantenía a la boya en su lugar. Se la sujetó a la muñeca y comenzó a nadar. Se obligó a seguir pataleando hasta alcanzar otra boya. Reconoció que pertenecía a su amigo Pete Spong, que era el propietario de un barco pesquero de langostas llamado Brooke C.

 Se sentó a caballo sobre la soga, se reubicó las botas debajo de los brazos y esperó. Sabía que no podría sobrevivir otro nado. Si para el atardecer todavía estaba en el agua, se ataría a la boya del Brooke C. De esa manera, sus padres tendrían un cuerpo que sepultar.

Arriba en el helicóptero, los rescatistas habían estado observando el agua desde cerca de las 7 de la mañana. Estaban comenzando a desanimarse. La verdad de trabajar como piloto de búsqueda y rescate para la Guardia Costera es que no se realizan muchos rescates: casi siempre que una persona cae al agua en el Atlántico Norte, se ahoga.

La tripulación del helicóptero terminó su patrón de búsqueda, el tercero del día, y solicitó uno nuevo. Desde el centro de mando, uno de ellos, Davis, les indicó por radio coordenadas y a las 2:46 de la tarde el helicóptero comenzó a moverse nuevamente.

Veinte minutos más tarde, el rescatista Jamros gritó: “¡Mark! ¡Mark! ¡Mark!”, que es el protocolo cuando se ha divisado un objeto. Ahí estaba Aldridge, entre dos boyas, aferrado a sus botas y moviendo los brazos frenéticamente.

John estuvo solo en el agua fría del Atlántico Norte por más de 12 horas, impulsado solo por sus botas de pesca.

La historia de Aldridge de supervivencia fue el tema de un artículo de portada reciente en la revista de The New York Times y ahora está siendo adaptada en una película importante por la Weinstein Company. Aldridge sigue pescando todo el año en el Anna Mary.

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