Revista Qué

18 Nov 2014 | Emocionante!!!

La historia de una chica que eligió vivir

Daniela García es autora del éxito de ventas “Elegí vivir”, y se niega a ser reconocida sólo como “la chica que sufrió el terrible accidente”. Ni le gusta que describan lo que le ocurrió como una tragedia. “Esta es una historia feliz”, dice.

daniela daniela 3Hasta el 30 de octubre de 2002, Daniela García llevó la vida cómoda y despreocupada, de una joven educada en el seno de una familia de la clase alta de Chile. Excelente estudiante con altas calificaciones, le encantaba la biología e ingresó en la Facultad de Medicina de la PUC. En la última semana de ese octubre, Daniela tenía 22 años y cursaba el último mes de su cuarto año. Tenía un novio formal desde hacía cuatro años, Ricardo Strube, un joven buen mozo y atlético.

Por ese tiempo, se acercaban los calurosos días del verano y estaban a punto de iniciarse los exámenes finales. También era la época de los Juegos Inter-Escuelas de Medicina, tradición competitiva anual en la que participan casi todos los estudiantes de medicina del país.

Ese año se iba a realizar en Temuco, ciudad de 260.000 habitantes, situada a unos 250 km al sur de Santiago. Pero ella no estaba segura de querer asistir. Le preocupaba un próximo examen de Dermatología, una de sus mejores amigas no iría, y el viaje hasta allí era caro e implicaba unas cuantas horas en tren, y de noche. Además tenía un extraño y desagradable presentimiento respecto del viaje.

Durante varios días sus compañeros le insistieron en que los acompañara: necesitaban su habilidad de futbolista en el equipo. Por fin cedió. Sin embargo, cuando llegó a la estación central del ferrocarril aquel miércoles por la noche, su miedo sólo aumentó.

El sistema nacionalizado de ferrocarriles había dispuesto trenes adicionales, con vagones viejos. A Daniela no le gustaba cómo se veían las ventanillas sucias y la pintura descascarada. Calmate, se dijo. El ferrocarril es seguro.

Cuando el tren empezó a dirigirse hacia el sur, los estudiantes sacaron guitarras y empezaron a cantar y a bailar. “Bailá con nosotros”, le pidieron con insistencia unos amigos. Pero esa noche no tenía ganas. Se quedó sentada y trató de mirar el paisaje.

A eso de las 10, poco más de una hora después del inicio del viaje, dos amigos le pidieron que los acompañara a otros vagones para ver si conocían a algunos de los estudiantes a bordo. Mientras caminaban de un vagón a otro, un amigo iba delante y otro detrás de ella. Las luces de techo estaban fundidas y era difícil ver. Daniela no sabía que no estaba en su lugar la pasarela que normalmente cubre los huecos entre los acoplamientos de los vagones. El tren entró en una larga curva y la brecha se ensanchó aún más.

Daniela dio un paso y sintió que caía al vacío. Los amigos de Daniela notaron que de pronto había desaparecido. Un pasajero que fumaba al lado dijo, “¡Oigan, esa chica se acaba de caer!”.

Daniela tuvo la sensación de que tiraban de ella de un lado a otro. Luego, como si despertara de un sueño desorientador, se encontró en medio de las vías en una noche oscura.

No sentía dolor, pero tenía sangre que brotaba de una lastimadura pequeña y profunda sobre el ojo izquierdo. Movió la mano izquierda para retirar el pelo de los ojos. No pasó nada. Lo intentó de nuevo, y nada. Desconcertada, levantó la cabeza y miró: no estaba su mano izquierda. Luego miró el otro brazo y el horror aumentó: también estaban cercenados la mano y el antebrazo derechos. Las heridas abiertas sangraban intensamente. Intentó moverse y una oleada de dolor le traspasó el cuerpo.

A Daniela no le gusta recordar lo que vio a continuación. Tenía la pierna izquierda amputada entre la cadera y la rodilla. Le faltaba una parte de la pierna derecha. Era casi insoportable ver que tenía las cuatro extremidades afectadas.

Se dio cuenta de que podría pasar otro tren en cualquier momento. Tenía que apartarse de las vías y conseguir ayuda cuanto antes, o moriría. De alguna manera, a pesar de las lesiones masivas y el dolor, logró levantar la espalda y separarse de las vías dándose vuelta. Sin embargo, ya no pudo moverse más. Empezó a gritar: “¡Ayúdenme! ¡Por favor, ayúdenme!”. Por casualidad, en ese momento, Ricardo Morales, un trabajador rural, paseaba por allí, escuchó el grito y corrió hacia ella.

“No te muevas. Buscaré ayuda”, dijo asustado. Corrió al teléfono público que había en la estación de servicio. Cuando vio a Morales y escuchó su voz,

Los Servicios de Emergencia de Rancagua enviaron una ambulancia en 4 minutos. El paramédico Víctor Solís no abrigaba mucha esperanza de que encontraran a la víctima con vida. Cuando llegaron la chica gemía. A pesar de haber perdido una enorme cantidad de sangre, Daniela permanecía lúcida.

 los días Daniela fue trasladada a Santiago. Pasó seis semanas en el hospital con visitas diarias de Ricardo, la familia y amigos. Lo más difícil de la curación fue manejar el dolor y las sensaciones fantasmas de sus extremidades cercenadas. Con el tiempo, por medio de la meditación y el reiki —terapia japonesa que pretende manipular los campos energéticos del organismo— aprendió a atenuar y controlar las respuestas nerviosas la mayor parte del tiempo.

El padre de Daniela buscó el mejor lugar que pudiera proveerle prótesis a su hija y ofrecerle la extensa rehabilitación que requeriría. Optó por el famoso Instituto de Rehabilitación Moss, de la Universidad Albert Einstein, en las afueras de Filadelfia, Pensilvania.

Apenas cuatro días después de llegar, vio sus primer par de piernas artificiales. Por primera vez desde el accidente, pudo mirar a otra persona a los ojos. Lloró de felicidad.

Después de seis semanas en el Instituto Moss, voló a Santiago con su familia. Y casi al año exacto de su accidente volvió a ingresar en la Facultad de Medicina. Sería una especialista en rehabilitación. Con compromiso logró mejores calificaciones que nunca, y con el tiempo se convirtió en la primera médica amputada cuadrilateral en el mundo.

Ahí fue que Daniela decidió narrar su historia a su manera, y poco a poco fue redactando breves pasajes, hasta que terminó en un libro “Elegí vivir”, que se agotó rápidamente.

En septiembre de 2007, delante de 300 familiares y amigos, Daniela se casó con su novio Ricardo. Hoy a más de diez año del accidente Daniela maneja un 4X4, ha tenido dos hijos con Ricardo, su marido. Y trabaja como médica en la Teletón.

 

 

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