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26 Mar 2015 | Escapar a Europa

Supervivencia: Fanus salvó su vida dos veces

Fanus tenía tan sólo 15 años cuando su vida dio un giro inesperado. La joven creció entre cinco hermanos y una hermana en una ciudad comercial del sur de Eritrea, cerca de la frontera con Etiopía.

fanus 2 fanus 4Fanus with an Eritrean friend in SwedenTodo comenzó en 2011, cuando soldados marcharon dentro de su escuela. Habían ido a buscar reclutas. “Nos llevaron a una prisión, era muy grande y escalofriante, con muchos niños de muchas escuelas del lugar”.

Eritrea, un país con una población de 6,2 millones de habitantes, se constituyó en 1993 luego de una guerra con Etiopía por la independencia.

Pero los héroes que lideraban la lucha, se convirtieron en brutales dictadores en tiempos de paz, prohibieron las elecciones y la Constitución, y encarcelaron a unas 10.000 personas.

Desde 1998 se exige el servicio militar tanto para mujeres como hombres mayores de 17 años. Las condiciones son muy duras. Las mujeres generalmente son violadas y las fuerzan a casarse. Los soldados de Eritrea mantienen una política de disparar a matar a cualquier desertor.

Al cabo de un tiempo Fanus fue liberada, pero se dio cuenta de que por el momento era muy chica para el ejército, pero que en algún momento volvería.

Muchos de sus amigos estaban ahora en barracas militares, pero otros, que se rehusaban a aceptar esta cadena perpetua atrapados en un uniforme del que no podrían salir hasta que transcurrieran  muchos años, habían decidido escapar. “Ahí comencé a darme cuenta de que yo también tenía que huir”.

Se acercaba su cumpleaños número 17. Era ahora o nunca. El hermano mayor de Fanus, que tenía 30 años, ya había escapado a Israel. “No tenía ningún plan”, dice Fanus, “solo atravesar la frontera y llegar hasta un campo de niños refugiados en Etiopía”.

En la primavera del 2012 dejó su hogar, sólo llevaba un par de jeans, una remera y su tarjeta de identificación. No le avisó nada a sus padres porque sabía que harían cualquier cosa para retenerla.

La mayoría de los ciudadanos de Eritrea no puede obtener un pasaporte o una visa de salida. Cerca de 5.000 personas escapan todos los meses. Al igual que ellos, Fanus comenzó a caminar.

Al poco tiempo la encontraron soldados etíopes que la llevaron a un campo de refugiados. Pero dentro del mismo vivía en condiciones terribles, tenían muy poca comida, dormían de a dos o tres en la cama y apenas tenía agua.

“Conocí a un eritreo que me dijo que lograría hacerme entrar a Sudán, a Khartoum, y que una vez que estuviera allí podría pedir dinero a mi familia para pagar el viaje”.

Un día de julio de 2013, se subió a un taxi. “Me llevaron a un bosque en el medio de la nada en el norte de Etiopía, éramos solo tres mujeres entre muchos hombres. Nos metieron en la parte trasera de una camioneta Toyota Hilux. Nos hicieron agachar, nos taparon con una manta, y luego pusieron frutas encima para escondernos”, cuenta.

Cinco días más tarde llegaron a Khartoum. “Estábamos muy doloridas y manchadas por la fruta, nuestros cuerpos parecían pintados”.

Ahora seguía conseguir 1.900 euros para que un traficante sudanés la llevara a Libia. Le pidió plata a su hermano mayor que se la envió. Fanus ya tenía suficiente para su pasaje y un cambio de ropa.

Era una de las 131 personas, entre ellas 20 mujeres y un niño de 3 años, que partieron en camiones a atravesar el Sahara en su camino a Libia. El destino final era Trípoli, a 2.700 kilómetros, donde esperaban encontrar un barco que los llevara a Italia.

Una vez en Libia fueron entregados a traficantes locales, pero casi de inmediato fueron secuestrados y tomados como rehenes en las montañas durante 27 días.

Su hermano pagó el rescate y en seguida Fanus fue liberada, y a principios de septiembre de 2013 llegó a Trípoli.

Una vez allí, en un sórdido patio escondido junto con otras 700 personas, esperó y añoró que apareciera un barco. Y apareció, pero terminó siendo el fatídico barco pesquero del naufragio en el que murieron 363 migrantes.

Otro escollo más que debía atravesar para llegar a destino. Fanus fue uno de los 14.753 migrantes que llegaron con vida a Lampedusa en 2013, aproximadamente unos 10.000 provenientes de Eritrea.

Los sobrevivientes fueron llevados al atestado centro de recepción de migraciones, donde les dieron ropa, comida y atención médica. Permaneció en el centro por más de tres meses.

Había concentrado su energía en llegar a Suecia, hogar de unos 45.000 eritreos y donde vivía un familiar.

Las leyes actuales establecen que aquellas personas que buscan asilo deben permanecer en el país de entrada, de lo contrario son devueltos a dicho país.

En la práctica, Italia se beneficia de hacer la vista gorda a los migrantes decididos a establecerse en otro lugar de Europa.

De todas maneras, Fanus temía ser registrada e intentó quemar sus huellas dactilares con una bolsa plástica encendida.

Luego de ser trasladada a un centro de inmigración en Sicilia, se escapó para embarcarse en una larga travesía en ómnibus, tren y avión vía Roma, Milán y Barcelona.

Con la ayuda de su hermano y de compasivos italianos que encontró en el camino, quienes pagaron a los traficantes y a aquellos que consiguieron sus documentos para viajar, Fanus fue guiada por un traficante a través de distintas estaciones y terminales aéreas mediante un celular.

El 20 de enero de 2014, Fanus finalmente logró llegar al aeropuerto de Estocolmo. Y por primera vez en casi dos años, durmió sin miedo.

Fanus de 18 años logró obtener asilo y ya tiene su primer pasaporte oficial. Vive con subsidio del estado en la ciudad de Sundsvall, unas horas al norte de Estocolmo, donde va a la escuela y comparte un departamento con otras tres jóvenes de Eritrea.

Cinco de sus hermanos también lograron llegar seguros a Bélgica e Israel. Fanus es optimista. “Sí, estoy feliz. Sea lo que sea que Dios elija para mí, lo aceptaré”.

 

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