Revista Qué

26 Nov 2014 | Raptada

La historia de una madre que buscó a su hija por 18 años

Se trata de la búsqueda desesperada de una madre, quién buscó por 18 años a su hija pequeña que había sido raptada por dos de sus mejores amigos.

dolores 1 dolores 2 dolores 3Corría el sábado 10 de julio de 1993 cuando Delores Cyster cumplía 29 años, y el clima estaba inusualmente tibio para ser invierno en la zona de Cape Flats, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Aunque se sentía agotada luego de pasar nueve horas soldando cuchillos de carnicero en el distrito industrial de Epping, esa tarde pensaba solo en el festejo que había planeado con su familia.

Su esposo, Eric, y ella decidieron celebrar una fiesta con sus cuatro hijos: Wayne, Samantha, Waylene y la pequeña Johnnica. Mientras caminaba desde la parada de taxis, Delores, que estaba embarazada, se imaginó a los tres mayores ayudando emocionados a su abuela con los preparativos en su modesta casa, en Mitchell’s Plain.

Pero antes tenía que pasar a buscar a Johnnica por la casa de una pareja que la cuidaba, a veces hasta cinco días seguidos cuando ella trabajaba horas extras, tal como había ocurrido esa semana.

Johanna Ambraal era una de sus mejores amigas. Para Delores, esta mujer atractiva y esbelta, siete años mayor que ella, era un figura maternal en la cual había encontrado apoyo durante una mala racha en su matrimonio. Philip, su esposo, había sido su compañero de trabajo siete años atrás, y Delores trabajó junto a él todos los días hasta que lo despidieron y empezó a manejar camiones.

Como no hubo respuesta, Delores tocó más fuerte. Pronto, su alegría se convirtió en impaciencia, luego en inquietud y, después de dar varias vueltas a la casa golpeando puertas y ventanas, en incredulidad y angustia. Al oír ruidos, un vecino salió y le dijo a Delores, que los Ambraal habían armado las valijas y se habían ido. 

¡Pero tienen a mi hija! —gritó ella—. ¿Dónde está mi bebé? ¿Adónde se llevaron a Johnnica?

Ahí fue el comienzo de una gran lucha de una madre desesperada que nunca bajó los brazos. Como los Ambraal eran sus mejores amigos, Delores no quería que la policía interviniera. En su comunidad no se llamaba a las autoridades por cualquier motivo, y además creía que la pareja había desaparecido por una buena razón. Sin embargo, empezó a derrumbarse a medida que se acumulaban las noches en vela. Eric también estaba lleno de angustia, y la repentina pérdida de Johnnica había comenzado a minar su salud.

La familia avisó a la policía nueve días después de la desaparición de la nena. Semana tras semana, Delores iba a la jefatura de policía a buscar noticias, y no dejaba de rezar. En las peores noches imaginaba que Johnnica había sido vendida a extranjeros, pedófilos o traficantes, o asesinada. Pero a pesar de lo inexplicables y viles que le parecían los actos de los Ambraal, no podía creer que permitieran que alguien lastimara a una niña a la que habían cuidado como si fuera suya. Philip tenía hijos propios de un matrimonio anterior, pero Johanna era estéril.

Delores pensaba que quizá había sido amor lo que los llevó a desaparecer con su hija: simplemente se habían encariñado mucho con ella. Bloqueó los demás pensamientos y se concentró en ese, pues le ofrecía una leve esperanza de que Johnnica estuviera viva, y algún día la recuperara. En 1996 Delores viajó a Puerto Elizabeth, donde visitó a Mimi Ambraal, hermana de Philip. Valió la pena.

Mimi le dijo que su hermano estaba viviendo con una niña en algún lugar de Johannesburgo, a 1.400 kilómetros de Ciudad del Cabo. Incluso le mostró una foto borrosa de una pequeña de cinco o seis años. Delores reconoció a Johnnica, pero su alegría se mezcló con ira y dolor: aunque su hija estaba viva, estaba creciendo lejos de ella. 

Delores dio esa información a la policía, pese a saber que su hija estaba viva, ya llevaba tres años sin verla y el estrés había hecho estragos en su salud. La angustia constante la había hecho bajar mucho de peso, y a finales de 1997 sufrió un colapso nervioso. Buscó ayuda en el Hospital Psiquiátrico Lentegeur, en Mitchell’s Plain, donde la ayudaron a sobrellevar su aflicción durante varias semanas.

Poco depués, Delores sufrió otra desgracia: en febrero de 1998 su esposo, Eric, murió en un accidente automovilístico. Lo único que la hizo seguir adelante fue el apoyo de su madre y de Alfonso, un buen amigo de la familia, así como la firme convicción de que debía recuperarse para buscar a Johnnica y cuidar a sus demás hijos.

Al pasar el tiempo se estrechó la relación entre Delores y Alfonso, y se casaron en 2000. Tuvieron dos hermosas hijas —Krislyn y Kristan—, pero nada podía reemplazar a Johnnica.

Más de una década después, en septiembre de 2011, en vez de acudir a la jefatura de policía de Mitchell’s Plain, como de costumbre, Delores caminó un kilómetro más hasta la sede de la Unidad de Violencia Familiar, Protección Infantil y Delitos Sexuales, y contó su desgracia. Al no recibir noticias, volvió a acudir en diciembre. Mientras hablaba con un policía en un pasillo, el subteniente Nicholas Du Plessis escuchó su historia y, conmovido, se ofreció a ayudarla. Este investigador de cabello entrecano de inmediato se abocó a seguir las viejas pistas, empezando por Mimi Ambraal, quien aún vivía en Puerto Elizabeth.

La policía se dirigió a casa de Mimi para averiguar sobre Philip. Ella les dijo que tanto su hermano como su cuñada habían muerto: Philip cinco años atrás, y Johanna hacía poco, ese mismo año.

Sin embargo, añadió que Johnnica vivía en Puerto Elizabeth con sus dos hijos pequeños. Tras una investigación que llevó tan solo dos semanas, se había resuelto un misterio que duró 18 años. Du Plessis llamó a Delores.

Delores llamó por primera vez a su hija el 26 de enero de 2012, pero Johnnica se quedó muy sorprendida, y aún tenía dudas. La policía llamó para confirmarle que era verdad, y Delores tuvo que hacer varios llamados más para convencerla de que volviera ‘a casa’. El reencuentro de las dos, madre e hija ocurrió el 2 de febrero de 2012, casi 19 años después de su desaparición. 

Johnnica llegó con 21 años y dos hijos, su madre abrazó a su hija, y un torrente de lágrimas y palabras comenzó a fluir. Conversaron hasta las 6 de la mañana. Delores luego llevó a Johnnica a la habitación que le habían preparado, y se quedó mirando su rostro mientras ella dormía.

Delores siente una justificada ira hacia los Ambraal. “Me enfurece pensar en todo el tiempo que me mantuvieron lejos de mi hija”, dice. Johnnica también oscila entre el resentimiento y una sensación de que el rapto por parte de Johanna, Philip y Jennifer surgió del afecto.

“Fueron buenos conmigo —afirma—. Mi vida con ellos era la única que tenía, y no era mala. No puedo lamentarlo. Si no me hubieran robado, no habría tenido a mis dos hijos adorados”. Ahora los tres viven con Delores. “Johnnica es muy callada, y cuando la veo triste pienso que extraña Puerto Elizabeth”, comenta la madre.

Johnnica pasa uno de sus delgados brazos alrededor de los hombros de Delores. Sus facciones se parecen a las de su madre. 

 

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