Revista Qué

2 Dic 2014 | Aterrizaje de emergencia

La increíble historia de Doug White

En abril de 2009, Doug White, un empresario de la construcción y su familia estaban disfrutando de un vuelo tranquilo, luego de viajar a Florida para asistir al sepelio de su hermano que había fallecido a los 53 años de un infarto en Naples, donde residía.

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Volvían en el avión que pertenecía a White, un King Air. Si bien Doug tenía su licencia de piloto de avión, nunca había volado una nave tan grande como ésa. Quién la piloteaba era Joe Cabuk, un piloto experimentado, que hacía sentir a sus pasajeros una confianza absoluta. Este ex coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, de 67 años, había volado sobre Vietnam en aviones F-100, comandando un ala de caza en Inglaterra, y trabajando como subdirector de operaciones de la OTAN en Italia.

Luego de jubilarse como militar en 1989, volvió al noreste de Louisiana, su estado natal, y ahora hacía 20 años que realizaba vuelos en aviones fletados desde el Aeropuerto Regional de Monroe. Hombre canoso y erguido como una estatua, tenía dos hijos adultos, era diácono de una iglesia baptista, y jamás se permitía correr riesgos con sus aviones.

Pero ese día fue distinto. Mientras la nave estaba ascendiendo suavemente el piloto reclinó su cabeza en el asiento, e hizo un largo gemido. Joe Cabuk, había fallecido. En ese momento, White se dirigió a su mujer y dos hijas y les dijo: “empiecen a rezar con toda su alma”. Su esposa empezó a temblar. Su hija Bailey de 16 años empezó a llorar. Maggie, de 18 años, vomitó.

El avión estaba a más de 1.500 metros de altitud y seguía ascendiendo a una velocidad de 600 metros por minuto. Y ninguno de los que estaban a bordo sabían como aterrizar.

Aunque White tenía su licencia de piloto de avión, nunca había volado una nave tan grande como ésa. “Necesito ayuda, necesito hablarle a un piloto de un avión King Air, estamos en problemas”, dijo White por radio pidiendo ayuda.

Del otro lado se encontraba Nate Henkels, de 30 años, quién tomó la llamada en el Centro de Control de Tráfico aéreo de Miami.

—¿Es usted piloto calificado? —le preguntó Henkels, uno de los 97 controladores en servicio ese día.

—Volé poco tiempo, en un monomotor —respondió White—. Necesito hablar con un piloto de King Air.

Henkels se quedó atónito. Aunque sabía de otros casos en que un piloto quedó incapacitado en pleno vuelo y los pasajeros consiguieron aterrizar, pocas naves habían sido tan grandes y complejas como el King Air.

Luego de comunicar el problema a sus supervisores, le indicó a White que mantuviera una altitud de 3.700 metros, pero como su experiencia de vuelo también era mínima, no pudo explicarle cómo hacerlo. Durante seis minutos, mientras el controlador se ocupaba de la docena de aviones de su sector, el King Air siguió elevándose.

En ese instante llegó un supervisor con Lisa Grimm, quien había piloteado aviones Learjet, y trabajado como instructora de vuelo antes de convertirse en controladora aérea. Se arrodilló junto a Henkels y enchufó sus auriculares en el tablero del radar.

Aunque Lisa, de 31 años, había estado al mando de un King Air en una sola ocasión, pudo explicarle a White cómo desconectar el piloto automático. En ese momento el avión del empresario se encontraba a 5.300 metros de altitud.

—Vamos a iniciar un descenso lento y suave —le indicó Lisa con voz calmada—. Tire poco a poco hacia atrás la palanca de aceleración y mueva el timón con suavidad.

Lisa sabía que era una maniobra difícil, y que sería imposible intentarla en Miami, pues el reglamento de la Administración Federal de Aviación establece que toda aeronave en peligro debe ser guiada al aeropuerto más cercano. Un supervisor ya había alertado al personal del Aeropuerto Internacional del Suroeste de Florida, en Fort Myers.

—Dentro de un minuto va a hablar usted con los controladores de aproximación de Fort Myers —le dijo Lisa a White—. Lo van a ayudar a aterrizar sin que corra peligro.

En Fort Myers, Florida lo ayudó Brian Norton y Kari Sorenson. Nos va a ayudar otro piloto que conoce bien el avión —le comunicó Norton por radio a White—. ¿Está usted usando el piloto automático, o está volando manualmente?

—Dios me está ayudando a pilotear manualmente esta nave —respondió el empresario, aliviado por el anuncio de un apoyo adicional.

En la cabina trasera, su esposa y sus hijas seguían acurrucadas y asidas con fuerza de las manos.

—Bien —dijo Norton—, empezaremos a guiarlo hacia al aeropuerto. Vire 90 grados a la izquierda.

—Creo que estoy viendo la pista justo enfrente de mí —señaló.

El avión estaba a 24 kilómetros del aeropuerto, alineado para la aproximación final. La siguiente instrucción de Sorenson fue que White redujera la velocidad a 160 nudos, y que luego hiciera descender el tren de aterrizaje y los frenos aerodinámicos.

—Cuando aterrice, si es que lo consigo, ¿tiro hacia atrás la palanca de aceleración? —preguntó White.

—Sí —contestó Norton—. Tire la palanca y frene al máximo.

Treinta minutos más tarde White, de 56 años, hizo aterrizar el avión solo. En el centro de control de tráfico aéreo de Miami, un supervisor le dijo a Lisa Grimm que White había logrado aterrizar, y que el avión no se había salido de la pista ni se había incendiado. Momentos después, el recinto estalló en gritos de alegría y aplausos.

Después de su Vía Crucis, White dijo que ese milagro no hubiera sido posible sin la ayuda de los controladores aéreos. “Gracias desde el fondo de mi corazón”.

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