Revista Qué

21 Sep 2015 | Más que un simple viaje

Un encuentro que cambió la vida de alguien

Irving Stern manejó durante casi 29 años un taxi, cuando un día, un simple viaje le cambió la vida para siempre, a él y a su familia. 

taxi 4taxi 2taxi 1taxi 3taxi 5Era la primavera de 1966. Circulaba por la avenida York cuando se detuvo en un semáforo justo enfrente del Hospital de Nueva York, y alcanzó a ver a un hombre bien vestido que bajaba a toda prisa por la escalinata del hospital y le hacia señas de que lo esperara.

Al Aeropuerto La Guardia, por favor —le dijo—. Y gracias por haberme esperado.

¡Que bien!, pensó. A esa hora había mucha actividad en el aeropuerto y, con un poco de suerte, podría regresar a la ciudad con otro pasajero.

Como siempre, sentía curiosidad por saber cómo era su cliente. Se preguntó si le gustaría charlar, o sería de los que no abren la boca o esconden la cara tras un diario. Instantes después, el señor inició la conversación de una manera muy poco original.

-¿Le gusta ser taxista?

Como era una pregunta trillada, le dio una respuesta trillada:

—No me quejo. Es un trabajo que me da para vivir y me permite conocer gente interesante. Pero si me ofrecieran un empleo donde ganara 100 dólares más a la semana, lo tomaría. Usted haría lo mismo, ¿o no?

—Yo no cambiaría de empleo aunque me pagaran 100 dólares menos a la semana —repuso.

Su contestación lo desconcertó y ahí supo que trabajaba en el departamento de neurología del Hospital de Nueva York.

Ya al acercarse al aeropuerto, el taxista decidió pedirle ayuda, ya que tenía un hijo de 15 años que quería trabajar en el verano.

El problema es que nadie contrata a un muchacho tan joven a menos que su padre conozca a alguien que sea dueño de un negocio, y en seguida el taxista preguntó si habría alguna posibilidad de que le consiga un empleo para las vacaciones, aunque no se le pague.

-Mire usted, los estudiantes de medicina del hospital van a hacer un trabajo de investigación en el verano. Quizá su hijo pueda ayudar en algo. Dígale que me envíe una copia de su historial escolar.

Buscó una tarjeta personal en su bolsillo, pero no la encontró.

—¿Tiene usted algún pedazo de papel? —me preguntó.

El médico arrancó una tira de la bolsa donde llevaba su almuerzo, y anotó algo en ella, me pagó y se fue.

Jamás se volvieron a ver. Esa noche, reunido con mi familia a la mesa del comedor, saqué del bolsillo de mi camisa la tira de papel.

—Robbie —anuncié con orgullo—, tal vez con esto puedas conseguir un empleo para el verano.

Mi hijo tomó la tira de papel y la leyó en voz alta:

—Doctor Fred Plum. Hospital de Nueva York.

A partir de ese día sus vidas cambiaron para siempre…..

Al día siguiente, Robbie envió su historial escolar y dos semanas después había recibido una carta dirigida a él y escrita en fino papel grabado en relieve.

El membrete decía: “Dr. Fred Plum, Director de Neurología, Hospital de Nueva York”.

Robbie debía comunicarse con la secretaria del doctor Plum para concertar una entrevista.

Le dieron el empleo. Trabajó dos semanas como voluntario, y el resto del verano le pagaron 40 dólares semanales.

El siguiente verano Robbie trabajó de nuevo en el hospital, pero esta vez le asignaron más responsabilidades. Al acercarse la fecha en que iba a graduarse del secundario, el doctor Plum tuvo la gentileza de darle cartas de recomendación para que pudiera ingresar en una escuela superior.

Sus padres se alegraron mucho al saber que Robbie había sido aceptado en la Universidad Brown, en Providence, Rhode Island.

Poco a poco le fue tomando cariño a la profesión médica, por eso antes de terminar la licenciatura, presentó solicitud de ingreso en varias escuelas de medicina para hacer un posgrado.

Nuevamente, el doctor Plum le dio cartas de recomendación en las que hablaba favorablemente de la capacidad de Robbie, y de su personalidad.

Robbie fue aceptado en el Colegio de Medicina de Nueva York y, una vez que obtuvo el título, hizo una residencia de cuatro años para especializarse en ginecoobstetricia.

El doctor Robert Stern, hijo de un modesto taxista, llegó a ser jefe de residentes de su especialidad en el Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia, en la Ciudad de Nueva York.

Algunos dirán que fue cosa del destino y quizás tengan razón, aquí se demuestra que de un encuentro fortuito pueden surgir grandes oportunidades, incluso de algo tan simple como un viaje en taxi.

Irving Stern hoy tiene 92 años y aún vive en Brooklyn. Su hijo Robbie (ahora el doctor Robert Stern) y el doctor Plum se enviaron tarjetas de Navidad todos los años, hasta la muerte de Plum, en 2010.

Hoy día el doctor Robert Stern es ginecoobstetra especialista del grupo Health-Quest Medical Practice, en Fishkill, Nueva York.

Tiene un hijo que es cardiólogo, y dos hijas, una dentista y la otra abogada. “Quizá le deba todo esto al doctor Fred Plum“, dice. “Nunca lo olvidaré“.

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