Revista Qué

1 Dic 2014 | La lucha de una pareja

Una historia de amor

He sabido de parejas que se conocen, se dan cuenta de que están hechos el uno para el otro, salen durante un año, más o menos, y luego se casan. No así Tom Fish y Mary Catherine que se conocieron en 1987, en una entrevista para un empleo como ingeniera ambiental.

tom 3 tom 4 tom tom 1

Pronto empezamos a salir. Fue una época de emociones intensas. Al cabo de varios meses, Tom rompió conmigo, y muchas semanas después egresó diciendo que estaba preparado para comprometerse. Desde entonces ya nunca volvimos a considerar en serio la posibilidad de separarnos.

En 1990 ya éramos muy buenos amigos y estábamos perdidamente enamorados, lo cual me parece la combinación perfecta. Cuatro años después decidimos hacer frente a la vida juntos, y nos casamos el 29 de mayo de 1994.

El primer año nos fue de maravilla: Tom plantó rosales y plantas perennes, yo hice las cortinas y juntos pintamos, amueblamos y decoramos la casa.

Los dos trabajábamos como ingenieros ambientales. Tom era vicepresidente de una empresa grande que tenía contratos con el gobierno y en el exterior. Yo me había cambiado a una compañía más pequeña y por las noches asistía a un curso de posgrado. Los dos soñábamos con irnos a vivir a algún lugar exótico con montañas y aire fresco, como Bolivia, Nepal o Suiza.

Yo era una chica despreocupada y satisfecha que pensaba que los desafíos de la vida vendrían en forma de hijos y cambios, pero el destino nos deparaba otra cosa.

Todo comenzó la mañana del 15 de febrero de 1995. Cuando Tom llamó a Mary a su trabajo.

Hola!, soy Mary Catherine —dije al contestar.

Era Tom.

—Me acaba de pasar algo muy raro —dijo preocupado—. Fui a almorzar a la tienda de comida preparada y, mientras me hacían el sándwich, fui por una bebida al refrigerador, pero no pude alzar la mano para abrir la puerta. Podía mover el brazo, pero sentía como si no fuera mío.

Mary le dijo que había una racha de gripe y que seguramente la había pescado. Pero al día siguiente fue sin tardanza a ver a su médico, el doctor David Patterson, que, después de someterlo a ciertas pruebas, entre ellas contar de cinco en cinco y deletrear palabras al revés, programó unos análisis de sangre y tomografías de resonancia magnética de la cabeza para la semana siguiente.

Unos días después ambos viajaron a Washington para ver a un médico especialista, el doctor Edward Mancini. Observando las placas, Mancini comentó que, aunque parecía tratarse de dos tumores, probablemente eran dos partes de un solo tumor, cuya conexión no era visible en las imágenes.

Nervioso, Tom tragaba saliva y paseaba los ojos del médico a las placas, y viceversa. Por su parte Mary preguntó si podría ser una infección, y el médico respondió que era improbable. En su opinión podía ser un glioma, un tipo de tumor cerebral que se clasifica del I al IV, según la rapidez con que crece: I es el más lento y IV el más rápido.

—Casi todos los gliomas se localizan en el cerebro y no se extienden —dijo el médico—. Eso es bueno porque no hay que combatirlos en otras partes del cuerpo. Será necesario extirparle el glioma. He programado la operación para principios de la semana entrante.

Luego llegó el día de la operación, que por suerte salió todo bien. En el hospital, una enfermera revisó el expediente de Tom.

—La operación salió bien —dijo el médico—. Extirpé toda la parte grande del tumor, pero no toqué la pequeña porque habría podido causar una lesión. Creo que es del tipo IV. Tratándose de estos tumores, en la mayoría de los casos el enfermo no vive más de dos años, pero sé de algunos que han sobrevivido cinco, siete y hasta nueve.

Al día siguiente el doctor Mancini fue a vernos y volvió a hacer una descripción del tumor.

—Y ahora, ¿qué sigue? —le preguntó Tom.

—Radiaciones y quimioterapia —el médico respondió.

Días después realizaron otra operación, también exitosa.

Ya era abril. El jardín estaba en flor; los días eran soleados y calurosos. Tom no cabía en sí de gozo. Ya no tenía dificultad para hablar ni para usar el lado derecho del cuerpo. A todo el mundo le contaba la historia de la milagrosa intervención, y llegó a convencerse de que ya no estaba enfermo. En todas partes veíamos signos de esperanza.

Las plantas de Tom florecían con exuberancia, y hasta a un arbusto que nunca había dado nada le brotaron flores. En su opinión, este era un buen augurio. La radioterapia ya había comenzado en el Centro Hospitalario de Washington, adonde Tom debía ir todos los días hábiles durante siete semanas.

El doctor Malkin le recomendó a mi esposo comenzar la quimioterapia cuanto antes, sin esperar las seis semanas de rigor. Arreglamos una cita para el tratamiento con el doctor Allen Mondzac, un oncólogo que tenía su consultorio en Washington. Luego de algunos días, manifesté a los familiares que no habría más operaciones. Al ver que todos me miraban azorados, abrí el portafolio negro donde llevaba las tomografías de Tom y saqué la más reciente.

Tom estaba callado y tranquilo. Mary lo llevó en la silla de ruedas a la terraza que tenían en el jardín trasero. “Le alcé la cabeza a mi esposo para que pudiera contemplar sus adoradas plantas. Luego me arrodillé delante de él y apoyé la cabeza en su regazo. Con mis manos sobre las suyas, le di las gracias por haberme dado más de lo que nunca soñé, y le aseguré que yo iba a estar bien. Le agradecí una y otra vez que me hubiera amado tanto. Me di cuenta de que me había escuchado”, comentó Mary.

“A las 3 de la madrugada del 25 de julio, abrí los ojos de golpe. Me levanté y fui al cuarto de Tom. Lo vi respirar lentamente. Luego respiró una vez más y se quedó inmóvil. Le tomé la muñeca con delicadeza. Ya no tenía pulso. Me quedé meditando y rezando junto a su cuerpo. Volví al jardín trasero y me detuve junto al rosal blanco de Tom”, concluyó en su libro “Más allá del Final”.

Tom tenía 31 años cuando falleció, el 25 de julio de 1995.

Compartir
?