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9 Feb 2015 | Historia de supervivencia!!

Una pareja cautiva en Irán

En diciembre de 2004 Rupert y  Linda Davis decidieron cambiar la fría y lluviosa ciudad de Londres, por el soleado y acogedor Emirato de Dubai. Compraron un catamarán de 11,5 metros de eslora y lo llamaron Simbad, porque pensában pasar momentos de fábula navegando con sus tres hijos: Hugh, Tom y la pequeña Lara de un […]

iran iran 1En diciembre de 2004 Rupert y  Linda Davis decidieron cambiar la fría y lluviosa ciudad de Londres, por el soleado y acogedor Emirato de Dubai. Compraron un catamarán de 11,5 metros de eslora y lo llamaron Simbad, porque pensában pasar momentos de fábula navegando con sus tres hijos: Hugh, Tom y la pequeña Lara de un año.

Un viernes de fines de octubre de 2005 y en un viaje de prueba con Brad, el piloto, la pareja dejó a los niños con la niñera y enfilaron hacia la isla de Abu Musa, situada a 80 kilómetros al norte, la cual está certificada como puerto internacional seguro. Lo que ninguno de nosotros sabe es que es territorio en disputa entre los Emiratos Árabes Unidos e Irán.

Se acercaron a la isla, ansiosos por anclar para bucear un rato en las aguas tibias y cristalinas. A primera vista no parece haber señales de vida, pero de pronto se oye un ruido de motores y aparecen las dos lanchas cañoneras llenas de hombres armados con fusiles. Enseguida empezó el interrogatorio:

—¿Por qué están aquí? — gritan—. ¿Qué quieren?

Trataron de explicarles que son turistas, que están dando un paseo, pero no les creen.

—¡Entréguennos sus celulares!

Se los dan de mala gana.

—¡La cámara!

El interrogatorio continúa. Cuando se pone el sol, los hombres discuten y luego guardan silencio: han tomado una decisión. Ordenan que enciendan el motor. Escoltados por las lanchas, se alejan de la isla.

A Linda en seguida le invade la angustia, piensa que los van a dejar ir, o les van a pegar un tiro y lanzarán al mar los cadáveres.

A menos de 400 metros de la costa les ordenan detenerse, que apaguen el motor y que se coloquen los tres en un lado de la cubierta. Con el corazón desbocado, obedecen. ¿Acaso tienen otra alternativa?

Entonces una de las lanchas vira y se dirige de nuevo hacia la isla. Los tripulantes de la otra embarcación forman una fila frente a ellos y preparan sus armas. Estamos a unos seis metros de ellos. Rupert y Linda se miran de reojo.

De pronto se oye una voz que da órdenes a gritos por radio. Los hombres bajan las armas y dicen que vuelvan a encender el motor. Linda estaba segura de que iban a matarlos.

Los llevan a una casa dentro de una base naval delimitada por altos muros rematados con alambre de púas. Los oficiales hacen las veces de anfitriones y preguntan si necesitan algo.

Uno de ellos le entregan a Linda un ‘regalo’: un velo, o shaila, como lo llaman en Dubai, y un chador. Ahora en la República Islámica de Irán debe vestir como dicta el código del hiyab: con la cabeza y el cuerpo cubiertos; del rostro solo pueden quedar visibles la nariz y los ojos.

Cada vez que esté en presencia de un hombre que no sea su esposo, debe cubrirse. En el islam existe la creencia de que las mujeres, como ‘generadoras de vida’, son más poderosas que los varones y deben usar velo por el bien de la sociedad: un cumplido ambiguo que no me hace sentir halagada.

Aunque los interrogaran por separado, son las mismas preguntas: “¿Por qué fueron a la isla? ¿Por qué sacaron fotos?” Linda y Rupert intentan convencerlos de que fueron a Abu Musa solo para nadar, tomar sol y pasar una noche tranquila. Les dicen que tienen hijos y que escriben cuentos infantiles. Quieren información sobre su esposo.

Rupert es banquero, pero por su historial familiar podría parecerles sospechoso: nació en Yemen del Sur, habla árabe y su padre fue un administrador colonial. Viajó a Inglaterra para recibir una educación británica en la Universidad de Cambridge. Tras graduarse se alistó en el Ejército; lo enviaron a Omán, donde pasó varios meses en el desierto.

Por eso Linda decide callar sobre el pasado de su esposo y hacer hincapié en que es banquero. Los iraníes siempre están alertas buscando espías. Varias horas después, uno de los hombres le entrega unos papeles.

Pasan varios días más de interrogatorios, finalmente los captores, los dejan llamar a sus hijos, con la condición de que les digan que tuvieron una avería en el motor del velero. Linda acepta la condición. Los oficiales le dan el celular, y se paran detrás de ell para ver qué número marcan.

Contesta la niñera. Le dice “Hola, señorita Harriet”. Le pregunta cómo están los chicos, y luego habla con los niños e interpreto la farsa de la avería del motor. Cuando los iraníes le hacen señas para que cuelgue, con la voz quebrada pronuncio unas palabras finales:

—Los quiero, hijos.

Entonces les devuelvo el teléfono y se inclino en la silla, sollozando y estremeciéndome de dolor.

Al día siguiente, luego de otro interrogatorio, los oficiales dicen:

—¡Tenemos buenas noticias! Los vamos a liberar mañana.

Pero al otros día transcurre el día, y conforme pasan las horas la esperanza se va esfumando. Después de la cena, le dan el celular para que llame a sus hijos. He decidido no seguir fingiendo, y cuando la niñera contesta le dice la verdad a los gritos, le sacan el celular y se enojan con ella.

Tras llorar varios días por no poder hablar con sus hijos, le dan el celular nuevamente a Linda, pero esta vez hace que llama y le manda un mensaje a la niñera: “Nos tienen detenidos en la base naval iraní de Bandar Abbas. Avisa a la embajada británica”.

Luego borra el texto, llama a la casa y habla con Tom. Cuelga y devuelve el teléfono, muy sonriente.

Los días siguientes tras varios interrogatorios más, les ordenan empacar sus cosas.

—Se van a reunir con gente de su embajada —dice el almirante—. Espero que pronto los liberen. Tienen suerte. No los ha interrogado la Guardia Revolucionaria. Parece que no saben nada de ustedes.

Los suben a un auto a Rupert, a Brad y a Linda, y atraviesan la ciudad hasta una zona de edificios vacíos. El conductor estaciona y entonces los llevan hasta una habitación de paredes desnudas.

Hay dos personas allí: el primer secretario de la embajada británica y una mujer iraní llamada Nasrin.

—Cuéntennos qué ocurre — dice el diplomático. Luego de una larga charla los llevan a un Hotel.

Al día siguiente, el primer secretario y Nasrin llaman a su puerta. Buscan a Brad y luego corren desde la recepción hasta una camioneta estacionada afuera.

Llegan al aeropuerto y los llevan dentro. Nasrin y el secretario corren de un mostrador a otro, mientras Reza y Alí miran alrededor con evidente nerviosismo.

Pasan 24 horas y los interrogatorios no cesan. Desesperada, Linda llamo a la puerta. Cuando uno de los matones la abre, sale al pasillo y se sienta en el suelo. Los sujetos empiezan a gritarle. Como no hace caso, agarra a Rupert y le pega, hasta que ella decide entrar a la habitación.

El sujeto deja de golpear a Rupert y lo mete a empujones al cuarto. Cierran la puerta con llave otra vez. Mi esposo está furioso. ¿He hecho lo que debía, o solo empeoré las cosas?

Un sujeto que pertenece al Ministerio de Información les pide que confíe en él y que le den sus pasaportes para que pueda conseguirles los visados de salida. Sino, no los liberarán.

Rupert y Linda se miran y le entregan sus pasaportes. Al caer la noche reaparece, muy sonriente.

—Tengo sus visados — dice—. Hicieron bien en confiar en mí. Están libres. Vamos al aeropuerto.

Tomaron sus cosas y salieron al pasillo. Recogen a Brad en su cuarto y corren hasta un auto que los espera. Cuando llegan al aeropuerto, sus pasajes ya están listos. Se dirigen hacia ese señor y le dan las gracias.

Momentos después que el avión despegó. Rupert y Linda finalmente se sienten libres. Linda y Rupert se reunieron con sus hijos esa misma noche. En 2007 les devolvieron su barco y poco después lo vendieron. Siguieron viviendo en Dubai con los niños hasta 2012, cuando decidieron regresar a Inglaterra.

 

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