Revista Qué

16 May 2017 | Historia de Aprendizaje

Elegir vivir a pesar de los duros golpes

Irene tenía apenas 29 años cuando sus padres fallecieron en un accidente de auto, casada con Martin, tres hijos y un hermano de apenas 15 años, tuvo que aprender a salir adelante.

Pero quiso el destino que otra vez la muerte tocara su puerta y se llevara a su marido, Martín.

A él lo lloró 22 días seguidos. Un día amaneció con una sensación nueva en su interior, observó a sus hijos Segundo, Felicitas e Irenita, a su hermano Ignacio, y supo que algo en ella había cambiado.

De pronto, inexplicablemente, sintió que estaba viva nuevamente, y levantó cabeza.

De a poco y con mucha fortaleza, Irene volvió a ponerse de pie, gracias también a la gran ayuda de su hermano, que pasó a ser el referente masculino de la casa.

Había descubierto en ella un poder que no sabía que tenía, había aprendido a tomar decisiones y a no elegir el camino del sufrimiento.

Fue así como un día de septiembre del año 1999, envuelta en aquella nueva sensación, conoció a Gastón. Irene estaba trabajando en un stand de una exposición rural en Mercedes.

Había ido como voluntaria de un hogar de madres solteras y se encontraba recaudando fondos con la venta de comida. Gastón le pidió una cerveza y le dijo a un amigo: “Con ella me voy a casar“.

Su acompañante, entre risas le contestó que estaba loco. “Es viuda, tiene 3 hijos chicos y muchos problemas“, remató. Pero para Gastón nada de eso tenía importancia. Se había enamorado a primera vista. “Yo me casó“, le contestó decidido.

Durante el mismo evento se organizó una fiesta y Gastón la sacó a bailar. Dos semanas después le dijo que ella era la mujer de su vida.

Al principio Irene sintió vértigo, pero finalmente dejó que sus sentimientos la guiaran y se enamoró perdidamente de él.

Se casaron un año y medio después por civil y por Iglesia. Sus hijas fueron el cortejo.

Al tiempo supieron que iba a llegar Benjamín, un bebé deseado con toda el alma, un regalo del cielo.

Gastón, que quería a los hijos mayores de Irene como propios, le dijo a Irene que quería adoptarlos. Ellos, por motu propio y por su amor incondicional desde el comienzo, le habían empezado a decir ‘papá’.

Para Irene, Gastón fue su par, su compañero de vida, su gran amor. Un amor cuidado, peleado, elegido y completo. Por eso el domingo 24 de abril de 2016 a las 19 hs, después de haber trabajado todo el día juntos en el jardín, Irene sintió que se le fue parte de la vida. Su hombre se estaba muriendo en el sillón de su casa y ella quería irse con él.

Otra vez la maldita muerte. Nuevamente la incomprensión total. Irene entró en un estado enajenado que la llevó a estar durante 10 días sin tener idea de la noción del tiempo. Ni siquiera podía acordarse que tenía hijos y de tanto pesar, le dolía hasta el pelo.

En pocos años la muertes, que la había acompañado codo a codo, le había enseñado el valor del presente y de la existencia.

Pero Irene con 48 años eligió vivir, eligió quedarse. Podía elegir la oscuridad, pero decidió que su historia sería de aprendizaje y de vida.

 

 

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