Revista Qué

25 Mar 2015 | ¿Quién es Franco Moccia?

El preceptor de los ministros

El reputado economista sigue a sol y a sombra cada paso de los funcionarios macristas. Supervisa y controla todo. Es el hombre clave de la gestión. Desde 2010, lleva gran parte del día a día. Por qué lo critican tanto como lo elogian.

Algunos en el Gabinete fruncen el ceño cada vez que son convocados al despacho más transitado de la jefatura de Gabinete. Protestan por lo bajo. Dicen que Franco Moccia los cansa con sus tecnicismos, exigencias y puntillosidad de los planteos. Nunca saben con qué puede saltar este hombre, quien en silencio se transformó en -acaso- el hombre más importante del día a día de la gestión macrista.

Sucede que Moccia, un economista que de buenas a primeras saltó a la función pública, es un hombre parado, de profunda preparación académica y un técnico que hace del detalle un culto. Hoy es el hombre de mayor confianza de Horacio Rodríguez Larreta para comandar la Administración.

Luego de trabajar en Techint y de viajar por el mundo como director de la Banca Corporativa del Citibank, Moccia recién llegó al PRO en 2010, cuando Macri ya era una realidad. Lo conocía del ámbito empresarial. Y enseguida lo convocó. Venía de tomarse un año sabático, como le gusta contar, en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, donde alcanzó un Máster en Administración Pública.

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Más allá de su profuso CV, Moccia aún debía demostrar en la cancha. Y el gol del campeonato lo logró cuando quedó al frente del monitoreo global de la obra más importante en términos de marke-ting político que tuvo la gestión Macri: el Metrobus.
“Parecía imposible, pero cumplimos con los plazos previstos. Ni un día más, ni uno menos. Y con el dinero que había disponible. Se trabajó de domingo a domingo”, suele recordar este hombre muy locuaz, dueño de un increíble anecdotario.

En ese período, Moccia hizo estallar su ya famoso “Tablero de control de gestión”, una suerte de Excel con cada una de las obras que planea ejecutar o ejecuta el gobierno porteño. Por su oficina, ubicada a metros de Bolívar 1, desfilaron todos los funcionarios abocados al área, como así también proveedores. “No hubo día en el que no se trabajara en el Metrobus”, recuerdan sus colaboradores; un equipo joven que intenta mostrarse como ejecutivo.

Esa palabra, de hecho, le encanta a Moccia. Pide ejecutividad, no perder el tiempo en cuestiones superfluas y trabajar sobre lo concreto, no en entelequias. Dentro del Gabinete nadie lo critica en público. Pero es lógico que surjan las críticas. Lo tildan de demasiado técnico y hasta de “romántico” en muchas de sus observaciones. Incluso le hicieron llegar al propio Rodríguez Larreta quejas de cómo había levantado su perfil. No es para menos. A algunos que son fundantes del PRO les resulta incómodo que Moccia, una incorporación relativamente nueva, los rete. De hecho, esa es parte de su función.

Macri le dio la orden de que -puesto en términos futbolísticos- oficie de cancerbero de los ministros para que supervi-sara cada una de las áreas medulares y neurálgicas de la gestión. No se mete en temas profundos de políticas de seguridad, ni de cultura, pero sí en todo lo que tenga que ver con obras. También en la economía. Y no es para menos.

El tablero de gestión tiene el ya “fastidioso” semáforo rojo, que no sería el similar a una expulsión directa en el fútbol, pero sí a una amonestación. Cuando salta ese color algo falla en la obra: plazo de ejecución, partida presupuestaria, método de licitación, etc.

Por cuestiones lógicas Moccia, quien es un verdadero apasionado del legado de Domingo Faustino Sarmiento, articula básicamente con Guillermo Dietrich, Néstor Grindetti, Edgardo Cenzón y Esteban Bullrich. Está mucho más alejado del “ala política” que tiene a Emilio Monzó y Marcos Peña como los principales referentes. “Es un hombre de la gestión”, lo describen tanto sus admiradores como detractores, que -obviamente- también los tiene dentro del gobierno.

Moccia es un rara avis en la política tradicional. No viene de actos con bombos, micros y movilizaciones, y mucho menos de la carrera de la típica administración pública. Hete aquí que genere tantas visiones contrapuestas. De hecho el año pasado le recomendaron que dejara de hablar con la prensa para no generar resquemores por su vertiginoso crecimiento.

Su historia, más allá de cualquier mirada, sin dudas merece ser contada. Fue el referente del Citibank en Colombia en épocas de la ferocidad de las FARC y cuando Alvaro Uribe ya hacía su ascendente carrera política. Se reunieron varias veces. También fue presidente de esta entidad en Perú y Ecuador. Se trajo experiencias loables para implementar de todos esos lugares pero, básicamente, de Colombia. En las cuantiosas charlas que brinda, como en los encuentros ge-nerados por el G25, se cansa de hablar del “fenómeno” colombiano, que pasó de la cuasi anarquía al orden y crecimiento económico.

Tan hincha de Racing como de Sarmiento, conoció a Rodríguez Larreta cuando ambos se acercaron para trabajar en la famosa quiebra de la institución, en los días de Ruckauf gobernador bonaerense y De la Rúa presidente. A Michetti la conoció en Harvard y si bien mantiene una cordial relación con ella, está claramente en la vereda de enfrente.
Quienes más conocen la interna del larretismo postulan a Moccia como futuro jefe de Gabinete porteño en caso de que gane Horacio las PASO del 26 de abril.

LA NOTA COMPLETA EN EL N°24 DE QUÉ.

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