Revista Qué

11 Feb 2015 | Holanda devela sus secretos

Ámsterdam abre el Primer Museo de la Prostitución

Famoso por su Barrio rojo, la ciudad de Ámsterdam inauguró el 6 de Febrero el Primer Museo de la prostitución, donde desvela sin tapujos la trastienda de un oficio legalizado en Holanda, pero no por ello ausente de estigma social.

museo 1 museo 2 museo 3 museo 4 museoEl Museo se detiene en la historia de la prostitución en la ciudad, desde sus orígenes en el siglo XVI hasta el año 2000, cuando pasó a ser una práctica legalizada en Holanda. El precio para pasear por el mismo es de 7,50 euros y se paga en una taquilla que imita la de las casas de citas de los años 50.

Situado en el turístico barrio de la capital holandesa, donde trabajan 900 meretrices en 276 escaparates, quiere dar una visión completa del mercado sexual, sin “romanticismos añadidos”, explicó a EFE Ilonka Stakelborough, creadora de la Fundación Geisha, que vela por los derechos del sector.

Por eso no olvida la denuncia del trabajo forzado por los proxenetas y la trata de blancas, en cuyo circuito caen sobre todo “mujeres provenientes de los Balcanes”, según la colaboradora en la realización de la propuesta museística, que surgió de una iniciativa privada.

Un sugerente holograma da la bienvenida al visitante. En la sala de cine, un documental repasa la vida cotidiana de las prostitutas, ahora mayores de 21 años, sus jornadas de 11 horas y sus horas de ocio.

Por su parte el museo quiere contribuir a la ‘normalización’ del oficio, cuya legalización en 2000 en Holanda tuvo efectos no deseados: “muchas estudiantes, por ejemplo, no quieren inscribirse como activas en el mercado, porque eso aparecería en su curriculum y deciden trabajar en sus casas”, reconoció la ex trabajadora del sexo.

Pero también aspira a ser simplemente una ‘experiencia’ para el visitante, que tiene la oportunidad de situarse en el lugar de la prostituta dentro del escaparate, ver las habitaciones, con su modalidad barata o de lujo, instrumentos sadomasoquistas y ver la moda de las meretrices desde los años veinte a la actualidad.

El Museo presenta en la parte interior de la ventana decoración con cortinas rojas, y la presencia de una heladera cercana a las sillas desde donde la prostituta llama a la atención de los clientes.

Desde ahí, una puerta de flecos es la única barrera a la habitación del burdel, un espacio de escasos metros cuadrados, por la que la prostituta paga 150 euros por medio día.

Sobre una cama de marco de azulejos que recuerda al de una bañera, una luz de neón violeta ilumina el cuarto, con un lavabo como única otra decoración.

La sala contigua -más amplia, con baño y televisión sobre un suelo de moqueta roja y ornamentos dorados- recrea una habitación de un club, cuyo precio de alquiler se sube tanto para meretrices (a las que les cuesta 350 euros) como para clientes (que pagan hasta 200 euros por hora por servicios más prolongados).

Las prostitutas que trabajan en el Barrio Rojo son mujeres de entre 21 y 55 años, muchas jóvenes que no alcanzan a pagarse los estudios o madres solteras, y en “el 70% de los casos, con una pareja estable”, según fuentes del museo.

Trabajan “una media de cinco años”, y muchas de ellas no acaba de retirarse “porque se acostumbran a un estándar de vida de ingresos altos”. Por eso, la fundación Geisha las ayuda a la reintegración, pero también a cursos de autodefensa mientras ejercen.

Para garantizar la seguridad de las prostitutas durante el trabajo, siempre tienen a mano una alarma con la que contactan directamente con el dueño de la habitación y también con la policía.

De hecho, en una habitación hay una placa que dice mucho, en memoria de Anna la China, una prostituta que murió en 1957 justo en lo que ahora es el Museo. Todavía no se han encontrado el responsable de ese crimen.

Al terminar la visita al museo, al visitante se le ofrece un guiño de humor con un reclinatorio para que confiese sus pecados de lujuria.

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