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4 May 2015 | Una historia de perseverancia

La historia de Jean Bauby en primera persona

El 8 de Diciembre de 1995, a los 43 años Jean-Dominique Bauby, sufrió un ataque cerebrovascular.

jean 2 jean 3Despertó tras veinte días en coma, descubriendo que era incapaz de mover ninguna parte de su cuerpo; excepto el ojo izquierdo y un leve ladeo de la cabeza.

Estaba sufriendo el llamado Síndrome del encierro, una condición en la que las facultades mentales permanecen intactas mientras que la mayor parte del cuerpo está paralizada.

En el caso de Bauby su boca, brazos y piernas estaban inmovilizados. En las primeras 20 semanas después del accidente perdió 27 kg, y a lo largo del año siguiente su salud se fue deteriorando rápidamente por lo que terminaría por morir de una neumonía.

Pero su mente estaba intacta, y durante el año siguiente fue capaz de dictar un libro moviendo ese párpado para indicar cada letra mientras otra persona le leía el alfabeto.

Es un testimonio crudo y emotivo de la vida que tuvo que inventarse, mientras permanecía atrapado en su propio cuerpo.

“Nunca había oído hablar del tallo cerebral. Ahora sé que es la masa de tejido que conecta el cerebro con la médula espinal. Y vine a conocer la importancia de esta parte de la anatomía humana de la manera más brutal, cuando el viernes 8 de diciembre de 1995, un accidente cerebrovascular me dejó inutilizada para siempre esa porción del cuerpo”.

“Los médicos antes llamaban apoplejía masiva a este accidente, y sufrirla implicaba una muerte segura. Ahora que se dispone de mejores técnicas de reanimación es posible sobrevivir, aunque a menudo convertido en víctima de lo que con tanto acierto se conoce como síndrome  de cautiverio”.

“La persona vive presa en su propio cuerpo, con la mente intacta, pero sin poder hablar ni moverse. En mi caso, solamente puedo comunicarme abriendo y cerrando el párpado izquierdo”.

“Pasé 20 días en coma profundo y varias semanas obnubilado hasta que por fin recobré la conciencia. Eso fue a finales de enero de 1996, en el cuarto 119 del Hospital Naval de Berck, en la costa francesa. Es la habitación donde aún estoy y a la que ahora inunda la primera luz de la mañana”, detalla en su libro.

“Mi incapacidad para comunicarme es extenuante. La terapia del lenguaje es un arte que merece más difusión. Uno nunca piensa en las acrobacias que la lengua tiene que ejecutar para producir las palabras. Actualmente estoy batallando con la ele, lo que, tratándose del ex director de la revista Elle, resulta vergonzoso”.

“A veces el teléfono interrumpe el trabajo y aprovecho la presencia de la terapeuta para saber de mi familia y atrapar los momentos fugaces de la vida. Mi hija, Céleste, me cuenta sus aventuras con su poni. Dentro de cinco meses cumplirá nueve años. Mi padre, por su parte, me habla de lo difícil que le resulta estar de pie. A sus 93 años, sigue luchando sin perder el ánimo”.

“La última vez que vi a mi padre fue la semana en que sufrí la apoplejía. Había ido a París a pasar la noche con él porque se sentía mal. A la mañana siguiente decidí afeitarle la barba de tres días. La escena se me quedó bien grabada en la memoria”.

“Encorvado en su sillón, papá soporta con gallardía los ataques de la navaja sobre la piel. El departamento está atestado de cachivaches que ha ido acumulando: revistas viejas, discos que ya nadie toca, fotos de todas las épocas de la historia remetidas alrededor del marco de un espejo. Termino mi labor de barbero rociando al autor de mis días con su loción preferida; luego nos despedimos. Desde entonces no volvimos a vernos.

“Ahora es a mí a quien hay que afeitar todas las mañanas, y a menudo pienso en papá mientras un asistente se afana en rasparme las mejillas con una navaja desafilada”.

“Las noches se van haciendo cada vez más frías y, al empezar mi primer otoño en el hospital, una cosa me queda bien clara: he comenzado una nueva vida, y esa vida está aquí, en esta cama, en esa silla de ruedas y en aquellos pasillos. En ningún otro sitio”.

“Con los codos apoyados en la mesita rodante que le sirve de escritorio, Claude, la joven a la que dicto este libro, me lee las páginas que pacientemente hemos creado de la nada todas las tardes durante dos meses. Mientras la escucho, observo su cabello oscuro, sus pálidas mejillas, sus pertenencias esparcidas por toda la habitación”.

“Su bolso está medio abierto, y alcanzo a ver la llave de un cuarto de hotel, un boleto del metro y un billete de cien francos. Son como objetos recogidos por una sonda espacial enviada a la Tierra”.

“La imagen me deja pensativo. ¿Está en el cosmos la llave de mi prisión? ¿Hay una moneda lo bastante fuerte como para comprar mi libertad? Habrá que seguir buscando”.

Fueron las últimas palabras de un libro, que hoy a 20 años aún siguen cautivando a muchas personas.

Jean-Dominique Bauby murió el 9 de marzo de 1997. Además de dictar este libro, que fue un éxito de ventas, ayudó a crear un boletín noticioso, y una asociación para víctimas del síndrome de cautiverio.

En 2007 se estrenó ‘La escafandra y la mariposa’, una película basada en su libro.

 

 

 

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