Revista Qué

30 Sep 2015 | Chico milagro

La increíble historia de Nathan Woessner

Lo que comenzó como una tarde de verano de diversión para dos familias, terminó siendo una pesadilla cuando un niño de 6 años, Nathan Woessner, fue tragado en un pozo y desapareció bajo la arena.

nathan 1 nathan 2 nathan 3 nathan 5nathan 6Julio de 2013, en el lago Michigan. De vacaciones en el Parque Nacional Dunas de Indiana, las familias se encontraban recorriendo la principal atracción del lugar: las extensas dunas que el viento y las olas han depositado en la margen sudeste del lago.

La duna más grande y empinada es Mount Baldy, de 38 metros de altura, situada muy cerca de la playa. Greg Woessner y su hijo Nathan (6), habían emprendido el paseo con Keith Karrow, un amigo de la familia y su hijo Colin, de siete años.

Las esposas se quedaron en la playa con sus otros hijos, y ellos cuatro se fueron a caminar hacia la cima de Mount Baldy.

Los dos chicos iban caminando detrás de sus padres por el arenoso sendero. Pero a la mitad del camino cuesta arriba, Colin empezó a los gritos cuando su amigo se cayó en un hoyo, prácticamente se lo había tragado la tierra. 

En efecto, en la arena había un hoyo que no llegaba a 45 centímetros de ancho. Desconcertado Greg se arrodilló y llamó a su hijo a gritos. Desde algún rincón del oscuro foso, Nathan respondió:

¡Tengo miedo papá!

No podían verlo, pero alcanzaban a oír que estaba llorando.

Parece muy cerca —dijo Keith.

Los hombres metieron los brazos en el hoyo y los movieron pero no pudieron tocar nada. Keith le dijo a Greg que lo sujetara de los tobillos para introducirse en la cavidad; estiró los brazos y los movió en todas direcciones, pero no alcanzó al chico.

Tras sacar a Keith, Greg miró a su alrededor en busca de un palo, una cuerda o cualquier otra cosa que pudiera usar para alcanzar a su hijo, pero allí no había más que arena.

Se arrodilló otra vez y empezó a escarbar con las manos. Keith hizo lo mismo. Nathan seguía llorando. De pronto el hoyo se desdibujó y quedó un montículo de polvo fino cubierto, que sepultaba al niño bajo la arena.

La madre del niño enseguida intuyó que algo malo pasaba con su hijo cuando vio a Colin corriendo hacia ella mientras le gritaba algo. Greg la abrazó y le dijo que el niño estaba bajo la arena.

Faith gritó, empujó a su esposo y corrió hacia el sitio donde se había hundido su hijo. Una vez allí, empezó a escarbar con desesperación.

 Los tres adultos escarbaban frenéticamente, con el pelo y la boca cubiertos de arena, y muy conscientes de que el tiempo se les agotaba.

Pero con el paso de los minutos la tarea se volvió una pesadilla: cada vez que ganaban un poco de profundidad, la arena se escurría cuesta abajo y anulaba sus esfuerzos; con todo, seguían escarbando.

La esposa de Keith, Rachel, había llamado al servicio de emergencias, y los equipos de rescate empezaron a llegar: policías, bomberos y socorristas. No llevaban palas, así que también se arrodillaron y se pusieron a escarbar.

Luego llegaron más bomberos, esta vez con palas. En total ya había más de 40 personas, todos quitando arena con desesperación.

Pero aun contando con las herramientas, al cabo de otra hora apenas habían alcanzado un metro y medio de profundidad, sin ninguna señal de Nathan.

Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos pensaban que, luego de estar dos horas enterrado, lo más probable era que el niño hubiera muerto.

De pie junto al agujero, Faith imploraba: “Señor, permití que mi hijo pueda respirar. Sostenlo en tus brazos. Ayúdanos a encontrarlo”.

Finalmente después de cuatro horas, encontraron al niño, completamente enterrado en la arena e inconsciente. El operador de una de las palas calculó que el niño se encontraba a siete metros de profundidad.

Nathan no tenía pulso ni respiraba, y su cuerpo estaba helado. Los socorristas extendieron una lona sobre sus cabezas para que las cámaras de la prensa no captaran la sombría escena del traslado del niño cuesta abajo.

Camino del hospital el muchacho recobró la conciencia. Greg y Faith, los padres de Nathan, más tarde conocerían los detalles: que mientras yacía en el asiento trasero de la camioneta de un salvavidas de la playa, el niño aparentemente sin vida de pronto había empezado a sangrar de una pequeña cortadura en la cara, señal de que el corazón le latía.

Quizá haya habido una bolsa de aire donde quedó atrapado, a siete metros de profundidad, y que la arena fría debe de haber enfriado su cuerpo y reducido la necesidad de oxígeno.

Poco después se supo que el hueco probablemente había alojado un árbol que se pudrió y cayó por el incesante movimiento de la duna.

Milagrosamente el niño no había sufrido lesiones mortales o lesiones cerebrales, debidas a la falta de oxígeno.

Los médicos le extrajeron arena de la boca, la tráquea y los pulmones, pero cuando el niño recuperó el conocimiento, habló sin dificultad.

Al cabo de dos semanas se encontraba en casa, jugando con sus tres hermanos. El daño cerebral que los médicos pronosticaron que podría presentar como secuela nunca se manifestó, si bien Nathan no recuerda absolutamente nada de lo que le ocurrió bajo la arena.

Faith tiene una explicación de la increíble experiencia que vivió su hijo. “Dios hizo esto por nosotros“, señala, aún conmovida. “Respondió a nuestras súplicas“.

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