Revista Qué

1 Jul 2015 | Una guerra, chocolates y la historia de un soldado

Recupera el anillo de su padre tras 71 años

Era marzo de 1945, y un alambrado separaba a dos soldados, uno italiano y el otro norteamericano. Ambos hombres estaban recluidos en el campo de prisioneros alemán Stalag VII-A, debilitados por el hambre.

anillo 1 anillo 2 A los cautivos se les separaba por nacionalidad, pero el hambre los hacía iguales. Sus raciones de comida consistían en sopa infestada de insectos y pan negro mezclado con aserrín.

En la barraca de David C. Cox, los soldados y aviadores estadounidenses daban vueltas, flacos como espantapájaros en sus uniformes andrajosos.

Del otro lado de la alambrada, prisioneros esqueléticos de otros países se acurrucaban para protegerse del frío.

El soldado italiano tenía en su mano lo que más deseaba David Cox, dos barras de chocolate, pero a cambio le pedía el anillo que tenía en su mano derecha.

El oficial estadounidense miró el anillo y en el acto recordó el día en que sus padres se lo dieron: cuando se graduó de la escuela de aviación y se casó.

Hombre alto y rubio, hijo del dueño de un aserradero de Greensboro, Carolina del Norte, Cox había abandonado los estudios al final del segundo semestre de la universidad para unirse a la Fuerza Aérea del Ejército.

Había volado como copiloto en enormes bombarderos B-17 Flying Fortress, en misiones sobre Alemania y la Francia ocupada.

Cox primero estuvo en el Stalag Luft III, un campo de prisioneros reservado para oficiales de la Fuerza Aérea aliada.

Allí los cautivos estaban bien alojados y alimentados; pasaban gran parte del tiempo practicando deportes, montando obras de teatro y cavando túneles secretos en las barracas.

Fue después de que 76 de ellos huyeron a través de uno de esos túneles cuando comenzó el terror; a los demás los encerraron en celdas.

Poco después, por órdenes directas de Hitler, acribillaron en el patio a 50 fugitivos capturados. Posteriormente atraparon a 23 de los 26 prófugos restantes.

La helada noche del 27 de enero de 1945, un oficial de la barraca de Cox reunió a todos para anunciar que los matones le daban 30 minutos para presentarnos en la puerta delantera.

Caminaron toda la noche durante los dos días siguientes a través de una intensa nevasca. A los que caían los mataban de un tiro o los dejaban morir de frío.

Los sobrevivientes, hacinados en vagones para ganado y con baldes como retretes, viajaron dos días más; más hombres murieron en el trayecto. Finalmente, llegaron al Stalag VII-A, cerca del pueblo bávaro de Moosburg, donde finalmente se encuentra ahora.

Luego de dos meses de marcha, Cox, de 26 años, como casi todos sus compañeros, estaba cerca de la extrema debilidad física.

Se sentía débil y frágil; y unas cuantas calorías podrían aplazar un poco su muerte. Hizo girar el anillo en su dedo.

Pensó en sus padres, en su esposa, Hilda, y en el amor y los sueños amalgamados en ese objeto de oro. Entonces se lo quitó y lo pasó por la alambrada.

Pasaron los años, la vida y para el hijo mayor de Cox, David, la historia del anillo perdido era una parte tan esencial de la identidad de su padre, como la réplica que llevaba en el dedo.

Una vez que la 14ª División Blindada del general George Patton liberó el campo Stalag VII-A, en abril de 1945, Cox regresó a Carolina del Norte. Se reunió con Hilda, y nueve meses después nació David hijo. Tuvieron luego otro niño, Brad, y una niña, Joy.

“Mis hermanos y yo escuchamos esa historia muchas veces”, recuerda David, vendedor jubilado de instrumental médico, hoy de 68 años. “Papá se quitaba el anillo y nos lo mostraba. Nos contó que esas barras de chocolate eran lo mejor que había comido jamás”.

Junto con su hermano menor, David Cox padre empezó un negocio de equipo para renovación de neumáticos, y pronto se hizo rico.

Tuvo autos de lujo, buenas casas y animadas fiestas. Parecía encarnar al hombre de éxito de su tiempo, pero sus allegados veían algo oscuro en él. Su estilo de crianza era duro y distante.

Todas las mañanas levantaba de la cama a los niños gritando “¡Raus!”, como los guardias nazis. Cuando volvía a casa del trabajo, se tumbaba en el sofá con un vaso de ginebra en la mano, y su esposa les pedía a los niños que no lo molestaran. 

Cuando David hijo llegó a la adolescencia, el alcoholismo de su padre era ya un problema grave. Cox lanzaba amargas peroratas a su familia, o se retraía y hablaba en susurros sobre los civiles que había matado en bombardeos masivos.

En el trabajo se metía en tantos pleitos con sus colegas y empleados, que su hermano terminó por obligarlo a vender su parte de la empresa. Cox invirtió el dinero en otro negocio, pero fracasó y quedó casi en la bancarrota. 

Tras la muerte de Hilda, en 1984, Cox le heredó el anillo de réplica a David, quien tenía ya más de 30 años y lo usaba con una mezcla de orgullo y tristeza.

En 1993 David internó a su padre en una casa de asistencia cerca de su hogar, en Raleigh. Para entonces Cox apenas podía hablar.

Lograba comunicarse mediante cambios de entonación y expresión facial, y David se sorprendió al descifrar lo que su padre le dijo un día: “Te quiero. Disfruto tu compañía. Por favor, no me dejes solo”.

 Cuando Cox murió de un ataque de apoplejía a los 75 años, en septiembre de 1994, David estaba a su lado, asiéndole la mano. “Fue un privilegio acompañarlo en ese trance”, dice.

Diecinueve años después, en julio de 2013 Mark y Mindy Turner fueron a cenar a la casa de un vecino suyo, Martin Kiss un hombre de 65 años, en el pueblo de Hohenberg, Alemania.

Se habían mudado allí, procedentes de Kansas, cuando Mark, de 45 años, consiguió un empleo como controlador de tráfico aéreo civil en la base militar de los Estados Unidos.

Martin entró a otra habitación y regresó con una pequeña caja de plástico. Dentro de la caja había un anillo de oro decorado con una hélice de avión, alas, un águila y las letras US.

Se había preguntado por años sobre su origen. Por el diseño y la inscripción, “De mamá y papá para David C. Cox, Greensboro, Carolina del Norte, 10-4-18-42”, dedujo que debió de haber pertenecido a un soldado estadounidense, pero no tenía ni idea de cómo localizar al propietario.

Mark se comprometió a intentarlo, y le tomó fotos al anillo antes de que se marcharan de Hohenberg.

De vuelta en casa, Mark y Mindy hallaron en Internet una tesis de maestría escrita en 2005 por alguien llamado Norwood McDowell, que trataba sobre las experiencias de guerra de David C. Cox, y uno de sus compañeros de escuadrón. La anécdota del anillo y las barras de chocolate se narraba en cuatro renglones.

Mark le envió un e-mail al autor, preguntando si conocía el paradero de la familia de Cox.

McDowell respondió que él era yerno de David hijo, y que la tesis estaba basada en gran medida en el diario de Cox, conservado por la familia tras su muerte.

A continuación reenvió el mensaje de Mark a su suegro. David lo leyó a la mañana siguiente. “Sentí escalofríos”, recuerda. “Pensé: ‘Esto no es posible’. Parecía un sueño”.

Más mensajes electrónicos fueron y vinieron. Para verificar, intercambiaron fotos del anillo original y de la réplica por la misma vía.

David le explicó a Mark que los números en la inscripción se referían a la fecha de nacimiento de su padre y el año en que recibió el anillo.

El 16 de agosto de 2013, David reunió en la sala de su casa a su hermana, esposa, hijas, yernos, nietos y tres periodistas (su hermano murió en 1999 de alcoholismo, enfermedad que ya había matado a varios de sus parientes). Las manos le temblaban al arrancar el papel de la caja. Finalmente, sacó el anillo.

Pensé: “La última vez que mi padre sostuvo este anillo fue para intercambiarlo”, cuenta David. “Ojalá se lo hubieran devuelto cuando aún vivía, para poder decirle: ‘Papá, ¡mira lo que acabas de recibir”.

David guardó el anillo en un lugar seguro junto con la réplica, y de vez en cuando lo saca para mostrarlos a sus visitas.

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