Revista Qué

31 Ago 2015 | La historia de un esquiador

Sobrevivir en la montaña

Era el 2 de marzo de 2007 cuando el londinense Tom Murphy (30), que estaba de vacaciones en la estación de esquí francesa Les Deux Alpes, había decidido ir a la montaña, mientras su compañero de viaje seguía durmiendo. 

tomLuego de dos trayectos llevado por automovilistas y uno en ómnibus, a mediodía llegó al Dôme de la Lauze, una cumbre de 3.550 metros de altitud de la que baja una de las pistas de esquí más altas de Europa.

Se fijó la tabla a sus botas, alineó los hombros con ella y, con un hábil movimiento de rodillas, salió disparado cuesta abajo. Mientras el aire frío le aguijoneaba las mejillas y la tabla silbaba al viento, Tom empezó a dibujar magníficas eses en la ladera.

Pensaba alejarse de la ruta marcada y esquiar a campo traviesa un kilómetro y medio hasta una estación de aerosillas donde había estado el día anterior con amigos.

Al toparse con una cuerda con señales de advertencia colgadas, pasó por debajo sin hacer caso. Sabía que era arriesgado salir de la pista, pero le parecía más divertido, y las condiciones eran perfectas.

Sin embargo, poco después desconoció el terreno y perdió la confianza. Las aerosillas no aparecían por ninguna parte, y tampoco veía a nadie. Redujo la velocidad y al fin se detuvo. ¿Estaría perdido?

De pronto a ambos lados de su tabla vio abrirse una grieta que atravesó la ladera como un rayo. Por un instante le pareció que el mundo se sostenía en vilo, y luego se vino abajo estrepitosamente. Empezó a rodar y a dar vueltas; comprendió que estaba en una avalancha.

Este joven vivía para los deportes extremos; tenía una moto y jugaba fútbol semiprofesional tres veces por semana.

En un viaje alrededor del mundo practicó el paracaidismo, el descenso de rápidos y el salto con cuerda elástica. Se había hecho aficionado al snowboard mientras entrenaba futbolistas en los Estados Unidos, como parte de un curso de deportes.

Quería probar después el salto en paracaídas desde acantilados y edificios. Sus amigos lo apodaban Muñones porque era algo corto de piernas.

Tiró entonces cuesta arriba: el alud lo había arrastrado centenares de metros. La ladera, ahora despojada de nieve, era un angosto valle de roca desnuda. Imposible volver atrás.

Durante 10 minutos analizó sus opciones. ¿Sentarse a esperar? Nadie sabía dónde estaba, y era improbable que los socorristas vieran sus huellas en la nieve. Divisó entonces un camino al fondo del valle. Debo llegar allí, decidió.

Descendió unos 400 metros en 15 minutos, llegó a un peñasco que sobresalía horizontalmente de la ladera y se detuvo sobre él. Jadeando, se apoyó contra la ladera, dejó colgar las piernas por el borde del peñasco y miró a su alrededor.

Volvió a reflexionar sobre su situación. Nadie sabía dónde estaba y podían pasar horas antes de que empezaran a buscarlo; la radio y el teléfono no funcionaban. En el fondo, sabía lo que tenía que hacer. El riesgo era enorme, pero no tenía alternativa.

Sabiendo que si se mataba encontrarían el teléfono en su cuerpo, escribió un mensaje de despedida. Permaneció dos horas en el peñasco buscando alguna otra salida, pero no la había. Era saltar o morir.

Dio con los pies en el suelo y se derrumbó a un costado. Estiró una a una las extremidades: estaba bien. Aturdido, miró cuesta arriba y vio una cortina de carámbanos. Había caído en la cuenca que la cascada había formado antes de congelarse. La nieve era allí tan profunda que había amortiguado su caída.

Forzándose a olvidar el dolor que sentía en todo el cuerpo, avanzó gateando hasta sentarse en la siguiente cornisa. Ya estaba lo bastante cerca del camino para distinguir los colores de los autos. Volvió a armarse de valor, saltó y esquió cuesta abajo esquivando las rocas y aprovechando la poca nieve que quedaba.

Aunque no alcanzaba a ver lo que había abajo, el precipicio le parecía aún más alto que el anterior. Agarrándose a una cuerda corta atornillada por alpinistas a la roca, se asomó para ver algo más, pero era imposible.

Intentó trepar por la cuerda, pero no tuvo fuerzas. No podía trepar ni sostenerse. Cuando vio pasar dos vehículos, cerró los ojos y rezó: Por favor, déjame volver a ver a mi familia. Entonces se soltó y cayó al vacío.

Se dio en la cabeza con una roca saliente y en el cuerpo con varias más, y cayó pesadamente, pero otra vez en la nieve. Aquejado de un fuerte dolor en la baja espalda, notó que no tenía sensibilidad ni movimiento en las piernas.

A pesar de las señas y gritó que le hizo a los autos, nadie lo vio. Cuando oscureció, trato de llamar la atención de los conductores con la luz de su teléfono, hasta que dio con una señal, por lo cual pudo llamar a su amigo para avisarle dónde estaba.

Llorando le contó lo que le sucedió y su amigo hizo que el hotel llamara a la policía y al servicio de rescate. Con un mapa calculó dónde podía estar y acudió al camino encendiendo y apagando las luces. Al verlas, Tom volvió a llamarlo por teléfono.

Horas después de la medianoche un helicóptero de rescate aterrizó junto a la luz del teléfono de Tom y lo llevó al hospital. Estaba hipotérmico, y tenía las piernas entumecidas porque se había roto el coxis. “Tuvo mucha suerte”, dijo su socorrista, Hervé Labarde.

 

 

Compartir
?