Revista Qué

17 Jun 2015 | Un gesto solidario....

Una maestra salva a su alumna de su padrastro

Heather White estaba a punto de cumplir once años cuando un día de clases todo cambio.

maestra 2La Srta. Clarence le pidió a la encargada que controlara la clase y sacó una pequeña caja que estaba debajo de su escritorio; la caja contenía algunos de sus objetos personales: una muñeca Cabbage Patch Kids, un muñeco de peluche de Alf, casetes de Dokken y Queensrÿche, y los discos de vinilo de Metallica y de Iron Maiden de su hermano.

Una acumulación de cosas; eso era lo único que llevarían la pequeña, su hermano y su madre al huir de Texas, y del novio abusivo de su madre.

Una proeza difícil, ya que su madre no podía salir de la casa sin que él controlara cada uno de sus movimientos. Nunca nadie llamó a la policía, incluso después de que Heather le confiara a la Srta. Clarence sobre el abuso sexual y físico que se padecía en su casa, las drogas y el alcohol.

Tal vez pensó que encerrarían a su madre y entonces, ¿dónde iríamos a parar esos niños? Entonces, lo que ocurrió fue que su maestra y su madre se convirtieron en coconspiradoras y planificaron la huida.

La Srta. Clarence dejaba que la pequeña trajera cosas de su casa, solo los artículos esenciales sin los cuales no podría vivir, y su excusa era llevarlos a la escuela para compartirlos con la clase, aunque eso no existía en quinto grado. ¿Pero qué sabía el novio abusivo?

El único problema era hacer que su madre fuera a la escuela… sola.

La Srta. Clarence llamó a nuestra casa, haciéndose pasar por la directora y dijo que su hermano se había involucrado en una pelea, y que quería reunirse de inmediato con su madre, a solas.

Después del llamado, lo único que tenían que hacer era esperar que se presentara en la escuela.

La madre llegó, y la Srta. Clarence quiso conocerla en persona y darle la mano. Sacó 20 dólares del bolsillo, el único dinero que tenía, y se lo entregó.

“Me gustaría que fuese más”, dijo mientras las abrazaba y se despedía.

Al paso del tiempo, cuatro años después, con casi quince años, Heather estaba limpiando el ropero de su madre en la casa de su abuelo donde vivían, cuando encontró una caja y la abrió de curiosidad.

Allí había fotos viejas de compañeros de escuela de Texas, notas y cartas escritas por una niña pequeña y un trozo de papel doblado, con los bordes rotos y deshilachados, escrito por una mujer y se podía ver el nombre Srta. Clarence y un número de teléfono.

Sin dudarlo, Heather llamó por teléfono y la atendió una niña, en seguida pidió hablar con la Srta. Clarence. La niña llamó a su madre y le pasó el teléfono.

-“¿Hola?”. Su voz se congeló por un segundo, y después salió de golpe.

-“Srta. Clarence, no sé si me recuerda, soy Heather White”.

Hubo silencio, excepto por el sonido de niños que gritaban en el fondo.

-“¿Hola?” Dijo.

Susurró entre lágrimas: “Por supuesto que te recuerdo”.

Tragó con fuerzas para poder hablar otra vez. “Solamente quería decirle que estoy bien”.

Dijo que había rezado por recibir este llamado. Después de agradecerle por lo que había hecho por ella, por su hermano y su madre, me preguntó sobre mi vida diaria.

Hablaron, lloraron, se pusieron al día y luego se despidieron. Con su número bien guardado, volvió a colocar la caja de zapatos donde la había encontrado.

Pero unos días, semanas o meses después, cuando volvió a buscar la caja de zapatos para sacar el número y volver a llamarla ya no estaba.

Buscó frenéticamente por toda la habitación, pero el pequeño trozo de papel gastado y deshilachado había desaparecido, como si hubiera estado previsto que la llamara solamente una vez para responder a su plegaria.

La amabilidad de la maestra Clarence salvó su vida, y creo que ese es el poder que tiene la amabilidad.

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