Revista Qué

25 Jun 2015 | Todo por sus hijos...

Una recuperación milagrosa

Todo comenzó en una celebración un caluroso día de agosto de 2008 cuando Trudy Tuffy estaba en el jardín de su casa charlando con su equipo de la sucursal en Danbury de Scholastic Corporation, una editorial de libros infantiles, donde habían trabajado arduamente para lanzar un nuevo sitio web.

trudyLo terminaron a tiempo, así que, aunque ese día era martes, Trudy, supervisora del proyecto, de 45 años y madre de dos varones, invitó a sus colegas a tomarse el resto de la tarde para compartir una parrillada en su hogar, en la cercana localidad de Sandy Hook.

Todo era risas en el jardín cuando Trudy y una amiga se dejaron caer en una hamaca que pendía sobre el césped. Con el peso de ambas, la hamaca se inclinó y las tiró al suelo. La amiga alcanzó a enderezarse y aterrizó de rodillas, pero Trudy se cayó de espaldas y se golpeó la nuca. La última sensación que tuvo fue que volaba en el aire.

¡Qué tonta soy!, pensó, mientras sus compañeros corrían a ayudarla. Ella les pidió que la dejaran en el suelo un momento para recuperarse, pero pasaron los minutos sin que lograra moverse, y tampoco sentía nada por debajo de los hombros.

Uno de los invitados llamó una ambulancia, y otro entró en la casa para avisar a Keith, el esposo de Trudy, que estaba trabajando en la planta alta. Keith, desarrollador de productos de Internet, les dijo a sus hijos, Josh, de 12 años, y Ben, de 9, que no salieran. Entonces corrió hasta el jardín y se arrodilló junto a Trudy.
—Creo que me pellizqué un nervio —le dijo ella. Unas tomografías revelarían que era algo más grave.

David Bomback, cirujano de columna vertebral sabía que la lesión de Trudy era muy seria. El golpe de la caída había comprimido y desplazado una vértebra hacia delante sobre la inferior, y ambas estaban presionando la médula espinal. “Tenía un hueso completamente encima del otro”, recuerda el especialista. “Era la peor lesión que podía haber sufrido”.

Bomback decidió administrarle esteroides a la paciente para reducir la inflamación, aunque sabía que quizá no sirvieran de mucho. Una vez que los Tuffy dieron su consentimiento, el cirujano le dijo a Trudy:
—Voy a operarla ahora mismo.

Eran casi las 11 de la noche cuando, con expresión sombría, Bomback salió del quirófano y fue a buscar a Keith.

Le dijo que el doctor Kramer y él habían liberado la médula espinal de Trudy de la presión de las vértebras y estabilizado la columna con varillas de acero; sin embargo, aunque ella había recobrado la conciencia hacía más de una hora y le habían hecho nuevas pruebas de sensibilidad, aún no podía moverse ni sentía nada por debajo del lugar de la lesión.

El doctor dijo que el pronóstico no era bueno, y sabía que era muy probable que Trudy nunca más volviera a caminar, pero luego de mover uno de los dedos del pie, ahora cabía la posibilidad que de a poco pudiera incorporarse en la cama, e incluso levantarse o sentarse en una silla de ruedas, en vez de esperar a que alguien la ayudara.

Para Trudy, que aún no conocía el pronóstico, la emoción del médico significaba mucho más. “Fue entonces cuando tomé una decisión”, cuenta. “Le dije a Keith: ‘No te preocupes. Voy a luchar hasta recuperarme’”.

Una semana después del accidente Trudy ingresó al Hospital Gaylord, un centro de rehabilitación espinal situado en Wallingford, Connecticut, donde tenía que realizar cinco sesiones por semana, y cada una duraría entre cuatro y ocho horas.

El Hospital Gaylord es uno de los centros de rehabilitación espinal más avanzados de los Estados Unidos, así que Trudy iba a contar con lo último en tecnología.

Primero la conectaron a un aparato de electroestimulación que hacía pasar leves descargas a través de sus músculos para contraerlos. Luego, con ayuda de un sistema de sostén del peso corporal, logró ponerse de pie y empezó a dar algunos pasos.

Incluso logró levantar una taza de café medio llena presionando el pulgar contra la palma, lo cual la llevó a afrontar otro desafío. “Me encanta el café con crema y edulcorante, pero ni siquiera podía abrir el sobrecito”, dice. “Así que pensé que si quería el café a mi gusto, debía prepararlo sin ayuda. Si no, tendría que tomarlo negro, o quedarme con las ganas”.

Un día en que caminaba con pasos vacilantes al lado de Keith por los jardines del hospital, él por fin le contó que el doctor Bomback había dudado de que volviera a caminar.
—Me alegro mucho de que nunca me lo hayas dicho —repuso Trudy.

A fines de septiembre, casi dos meses después del accidente, Trudy regresó a su casa con un andador y un bastón que nunca usaría.

Pronto volvió a su oficina; al principio trabajaba media jornada, pero después fue agregando más horas.

Hoy día practica yoga y ejercicios de Pilates; corre nuevamente por los arbolados senderos de Sandy Hook y, lo mejor de todo, ha vuelto a ser la madre activa de siempre.

“Jamás me imaginé que un día iba a quedar paralizada al caerme de una hamaca”, señala.

“Cuando Keith me contó lo escasas que habían sido mis probabilidades de recuperación, le dije: ‘Sin duda pensaste que estaba loca cuando prometí que iba a luchar hasta estar bien’. Pero mi obstinación, y todas mis extravagancias que a veces lo exasperan, obraron a mi favor. Se lo recuerdo cada vez que se cansa de mi insistencia en hacer las cosas sin ayuda”.

Para el doctor Bomback, el caso de Trudy es inspirador. “He visto pacientes que han sufrido el mismo tipo de lesión y nunca se recuperan de la parálisis”, comenta.

Cirujanos de Tuffy en Danbury Hospital creen que una actitud positiva y fuertes lazos familiares, juegan un papel importante en su recuperación global, también.

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